viernes, 14 de junio de 2013

Yo para ser feliz quiero un Pipuch



Pipuch es como conocen en mi casa a lo que corrientemente se llaman tabletas y gracias al noble deporte del golf, he conseguido una para mí, que además, al ser pequeñita, mis hijos no tienen deseos de mangármela. Es más, me han cargado mi juego de caramelos favorito y han pasado de mí. Pensé que así podría escribir más asiduamente en el blog (dependo de la bondad de los demás para acceder desde casa al universo electrónico) pero es tan pequeñita, que casi no puedo usar su teclado para escribir. Así que me retardo un poco en acudir a lo que antes era una cita casi semanal.

Dado que mi único lector habitual declarado (rasputilla) estaba echando pestes de la serie detectivesca (ahora que se ponía emocionante con la nueva ley), pues la cancelo y ya está, sin tener que matar al protagonista, que es un pollo que me cae bastante bien. Para no dejar nada en el alero, el asesino no era el cliente de Peru. Los análisis de los restos metálicos de la cabeza del fiambre eran de una aleación que no se correspondía con los palos del hombre (no me acuerdo como se llamaba). La rubia, con una camisetita de tirantes saca al dependiente del hiper deportivo la información sobre la compra de las bolas y los guantes, con lo que tienen muy claro quien es el asesino, pero no pueden decir nada, ya que las pruebas pueden ser invalidadas, así que sugieren a la charaina en la bolsa de quien deben de mirar, donde además de coincidir la aleación del hierro siete con los restos del cráneo, están los dos guantes utilizados, encontrando incluso rastro de sangre del finado.

Y como no se muy bien como seguir, paso a relatar lo que pensé ayer cuando vi a un pollo que no llegaba a los treinta, con traje con corte de sastre, encorbatado y muy serio, junto con otros tres, algo mayores que él, que iban a sentarse en la terraza exterior de un conocido bar en la plaza Eguilleor. Me ví hace años e intenté meterme en su cabeza, “¿Qué estará pensando?”, y sólo se me ocurrió que estaría pensando en pedir algo que le hiciera parecer más maduro de lo que es. “¿Qué pidió?”. No me quedé a esperar, pero si yo hubiera estado en su lugar (y en su edad), no habría bajado del GK.

Por cierto, hablando de madurez, esto me recuerda a que cuando tenía 20 pensaba que era muy maduro, idea que cambié a los 30, pensando que antes era un pipiolete, y que sólo con la llegada de la treintena había alcanzado la plena madurez. Esto se ha repetido aproximadamente cada diez años, y ya pasando los 50, entiendo que cuando llegué a los 60 me pasará lo mismo. Eso me recuerda a una que decía que sólo quería salir con tíos que hubiesen madurado (cuando rondábamos los 20) pero creo que se referiría a salir con alguno que no le importara en exceso que se hubiera tirado a todo lo que se meneaba. Siempre me pareció una curiosa forma de medir la madurez

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