VIII
¡Hay que reconocer que de vez en
cuando la rubia es capaz de estirarse! Estaba yo solo en casa terminando los
restos de tortilla del día anterior, pensando en que me podía hacer para que la
comida del mediodía no fuese muy triste cuando me ha llamado la bruja de ella.
Aunque ha tenido que ajustar a 6.000 Euros la oferta mensual para vigilar las
deposiciones caninas, reduciendo, eso sí, el personal que tenía que realizar la
vigilancia (al final se lo repartirían entre Cosme y ella, lo cual no me
importaba en exceso ya que a mí lo perros me dan algo de miedo) y condicionado
a que fuera rentable (es decir que les pudieran pagar con las multas que
pusieran), les habían encargado el trabajo con un mes a prueba ¡Estaba
exultante! Y tampoco era de extrañar ya que era el primer proyecto que se había
currado ella sólo. Probablemente el dejarle volar fue el inicio de todo lo que
vendrá después. Pero eso ya lo trataremos en su momento.
La llamada terminó con una invitación
a una degustación de cazuelitas en el Egoki, regadas generosamente con crianza.
Allí estaba Cosme, llegando Damián más tarde cuando terminó su vigilancia a
Toribio, confirmando que mientras estaba de baja en una empresa, prestaba sus
servicios a otra. Tras el generoso caldo y a las copillas que nos estuvo invitando,
la rubia aprovechó para sacarme dos cosas, una primera fue la compra de
material de escuchas y grabación de imágenes a cuenta de los dos mil Euros que
le iban a quedar a “Investigaciones Hurtado”, y la otra era el que
anticipáramos esa cantidad para comprarlos ya. Como era ella quien llevaba las
cuentas, me aseguró que andábamos bien de fondos (Aunque me hacía el distraído,
sabía que era verdad, ya que de los asuntos de cuartos no me despistaba ni un
ápice, teniendo una buena memoria para los números, sobre todo si eran propios),
así que tras el tercer gin tonic le dije que sí, y con una amplia sonrisa, le
cogió a Cosme del brazo, se despidió de nosotros (nos dejó incluso pagada otra
ronda) y salió disparada para llegar cuanto antes a la tienda del espía.
No es que fuera el plan de mi vida
quedarme a soplar con Damián, pero peores compañeros de tragos había tenido.
Después de estar sorbiendo los restos del último vaso, me acordé que tenía que
hacer una serie de llamadas, así que me subí a la oficina seguido por Damián.
Más o menos le preparé para que se enterara de que era la oficina donde estaba
trabajando de extranjis Toribio, para que con cualquier excusa, se subiera
mañana la rubia y con los gadgets que se iba a agenciar, sacara una grabación
de las ocupaciones extra laborales de nuestro vigilado, para presentarlas la
semana que viene, con un buen informe y cobrar unos jugosos honorarios.
Mientras Damián comenzaba con sus pesquisas, yo llamé al abogado.
Tuvimos una larga e interesante conversación.
Me estuvo comentando lo que ya de alguna manera conocía y que le iban a
facilitar, así como la actuación de los forenses, de la cual yo no había tenido
ningún indicio. Al trasladarle mi extrañeza, me explicó que acababa de llegar
al juzgado, y que no se lo habían mandado a la policía judicial todavía.
Confirmaba que la sangre hallada en el palo era efectivamente del fiambre, y
que la única prueba pendiente era la identificación de unos pequeños restos
metálicos que quedaban en el cuero cabelludo, pero que todo hacía suponer que
eran del palo de Jimmy. En cualquier caso, habían encargado el análisis a un
centro tecnológico muy conocido de la zona, con el instrumental necesario para
poder analizar tan exiguas muestras metálicas. Quedó en mandarme copia de todo
lo que recibiera, pero que no esperase nada al menos hasta un par de días. Le
di las gracias y me quedé con la copla.
Luego llamé a Elena, quién había hecho
los deberes con sumo interés. Al final, quedaban en tres los nombres que ella
pensaba pudieran tener una enemistad manifiesta con el fiambre, y coincidían
además con las iniciales de una reconocida marca de jamón, aunque sin llegar a
las cinco; eran Jaime, Josito y Julián.
La pelea con Jaime venía de antaño.
Los motivos no dejaban muy bien parado al fiambre; éste montó al cincuenta por
ciento un negocio de consultoría, que les marchaba viento en popa. Al de cinco
años de llevar el negocio, el fiambre dijo que quería retirarse, así que le
vendió su parte del negocio a Jaime, quien se la retribuyó generosamente. Al de
un año, el fiambre, que a la vez que vendía organizaba un chiringuito similar,
ya le había levantado más de la mitad de los clientes. Y aunque ya era agua
pasada, sucedió hará casi veinte años, Elena recordaba haber oído que en la
boda de una nieta, el fiambre se jactaba de la jugada que hizo, y que cuando
llegó a oídos de Jaime, también presente se organizó una buena.
El tema de Josito era algo distinto. Habían sido muy buenos amigos, tanto que el cadáver contrató a una de las hijas de Josito para que atendiera a uno de sus múltiples negocios. Siempre se rumoreó que algo había pasado, ya que al de un año, la hija de Josito abandonó su puesto, y prácticamente dejaron de hablarse. Se hizo correr la voz que la niña era un poco inepta para trabajar, hecho que quedó desmentido al de unos pocos años, cuando alcanzó puestos de alta responsabilidad en una conocida entidad bancaria. La historia que corría por detrás tenía más que ver con sórdidas historias de acoso a las empleadas de dicha empresa, pero nunca se supo realmente la verdad.
Y Julián, quizás era la historia más
simple. Compañeros habituales de partidas de golf, estaban prácticamente a
bronca diaria por el pago de las apuestas que se cruzaban. Y Julián tenía un
pronto muy violento. De hecho había pasado una temporada entre rejas por haber
golpeado salvajemente a dos personas en una discusión de tráfico, y no hace
tanto tiempo. Y a pesar de estar cerca de los setenta, se conservaba en muy
buena forma, por lo que Elena no descartaba que en un momento de furia le
hubiera arreado un buen garrotazo.
Le pregunté también si en los
presentes de la lista que le había dado, se encontraba alguien que no quisiera
bien a Jimmy, su marido, y me respondió, que pensaba que no. Le informé brevemente
de mi conversación con el abogado y le anuncié que en un par de días la volvía
a llamar para comentarle el estado de la investigación.
Tras colgar y reflexionar unos
instantes, caí en la cuenta que difícilmente ella reconocería nunca que su
marido pudo ser el asesino, y que buscaría cualquier pretexto para dirigir los
tiros a otra persona. Así que sin pensármelo mucho y haciendo orejas tapiadas a
Damián que venía todo orgulloso a contarme que ya sabía a que se dedicaba la
oficina donde iba Toribio “Se lo cuantas a la uruguaya y que ella organice el
plan” le solté no muy diplomáticamente, decidí darme un paseito hasta el local
más cotilla de todo LA (Las Arenas ),
donde su dueñ@, Dominguez la reinona, podría confirmarme todas estas
historietas.
Restos de SANGRE en el palo, pero ni SEXO ni SABIDURIA
ResponderEliminarNo has leído bien entre líneas, Rasputilla. De todas maneras, la agitación y propaganda siempre ha tenido un toque de exageración. ¿o no?
EliminarMientras no recaiga el autor en las tres eses de Jáuregui vamos bien
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