sábado, 13 de abril de 2013

La Pinquerton de Getxo VII


VII

 

Pues he vuelto a mentir ¿qué no iba a comentar la receta de la tortilla de anoche? Pues me apetece y punto. Primero cojo unas cinco o seis patatas tamaño puño normal, no megapuño como el mío, y tras quitarles la piel, las parto en rodajas muy finitas. Las meto en un cuenco al que añado sal y un chorrito de aceite y ¡zass! las introduzco en el micro ondas, unos ocho o nueve minutos a tope. Una vez terminado el primer pase, las saco del micro, las mezclo un poco y otra vez la misma jugada, las vuelvo a meter otros ocho, nueve minutos. Cuando quedan un par de minutos para que acabe esta segunda pasada, pongo una sartén al fuego con un poco de aceite para que se vaya calentando. Al sonar el pitido que pone fin al calentamiento dentro del electrodoméstico, lo saco y vacio su contenido en la sartén ya calentita para que se doren las patatas. Mientras, bato cinco o seis huevos en el cuenco sazonados debidamente, esperando a las patatas. Una vez que ya están, las mezclo con los huevos y remuevo hasta conseguir la masa deseada. Quito de la sartén el aceite sobrante, tiro la mezcla encima y vuelta y vuelta. Tortilla hecha.

 

Pero la verdad, es que al quedarme una costra crujiente de patatas, decidí reservarlas y hacer la tortilla como he explicado antes. Sólo que una vez terminada puse encima una capa de lonchas de queso naranja (creo que americano, no me acuerdo de su nombre), otra capa de jamón de york, y nuevamente otra capa de queso. Rompo y bato otro par de huevos a los que mezclo el crujiente de patatas, logrando otra tortilla, del mismo diámetro, pero mucha más fina que coloco encima de la última capa de queso. ¡El resultado es gulesco! Una jugosa tortilla de dos pisos. Lo que pasa es que la mediana anda con el complejo culo gordo de las tías de 20 años (yo ya le he dicho que lo tiene bien puesto, pero que si quieres arroz Catalina) y está a dieta de frutolácticos lait. Su madre, alias la jefa, realmente no cena, ya que no para de picotear en toda la tarde, y aunque la princepeque es mi única fan culinaria actualmente, con excelente saque, como mucho me come un octavo de la tortilla. Así que mirando los restos que han sobrado de ayer, una botella de ¾ de crianza con una lámina en el culo, y otro octavo de tortilla, he de confesar que me pasé un pelo con la cena y que lo pagué durante la noche. Aun así, estaba pensando que si se daba la oportunidad a media mañana pasaría a liquidar la tortilla sobrante, ya que el reposo de un día le daba un toque especial.

 

Así que un poco embotado me fui acercando a la oficina. A lo lejos vi a Cosme que seguía con su inútil vigilancia, lo cual me hizo recordar que deberíamos mandar una factura intermedia sobre este seguimiento, ya que el flujo de caja es importante mantenerlo jugoso, como una buena tortilla de dos pisos. Por lo menos, esta semana iba a dejarle que siguiera haciendo el tarugo y así refrenar algo sus ardores. Esperaba y confiaba que la rubia llevara bien el tema de Toribio, ya que Damián tampoco era mucho de fiar. Con estos pensamientos entré en el Egoki y me tomé un cafelito con un bollo, ya que la caminata de 350 metros me había abierto de nuevo el apetito.

 

Sentado ya en mi silla, saqué mi pipofón y pasé al ordenador la foto que había sacado con el listado de las personas. Una vez realizada esta tarea, llamé a Elena para indicarle que le mandaría por correo electrónico una lista con la gente que estuvo en el club de golf la tarde en la que apareció el cadáver. Le pedí que revisara la misma y que me indicara quienes podían tener cuentas pendientes con el fiambre y con su marido. Asintió y quedó en llamarme por la tarde. Hablé también con la rubia que me informó, que además de que el seguimiento se estaba realizando correctamente, le habían llamado desde el ayuntamiento y empezaban la semana que viene con el seguimiento a los perros cagones de Getxo. Si bien es cierto, que el nivel de civismo de los dueños de perro había aumentado considerablemente, todavía era necesario fijarse en el suelo para no pisar minas marrones pegajosas. Así que una vez terminadas las labores de oficina, que a pesar de lo que pueda parecer, me llevaron más de una hora, me encaminé hacia la tienda de golf que hay en los bajos del ayuntamiento para intentar averiguar algo sobre las bolitas de golf que habían encontrado junto al cadáver. Aunque había desayunado bien, estuve tentado de volver a entrar en el Egoki y tomar un tentempié, pero animado por el ejemplo de la princemediana, resistí a la tentación y comencé a subir las inclinadas cuestas de Neguri.

 

Llegué algo fatigado hasta la tienda, lo cual me hizo reflexionar mientras me acercaba sobre las bondades de caminar algo todos los días. Cuando saliera de la tienda, mi pensamiento sólo estaría dirigido a terminar con los restos de la tortilla. En fin, paradojas de la vida, o una voluntad muy ligera. En la tienda aprendí que las bolas aparecidas junto al cadáver (por supuesto que no señalé cual era mi interés) eran de las más caras del mercado, lo que tampoco quería decir que las mejores, y que había unas cuantas marcas de bolas de primer nivel, que se podían encontrar por mejor precio. Ellos no las tenían en la tienda, y la verdad es que estuve bastante torpe explicando las razones de porqué quería esa marca, con lo fácil que hubiera sido mentar al amigo caprichoso. Así que con el rabo entre las patas, me tuve que bajar de nuevo a la oficina a mirar en internet donde podría encontrar esas bolas.

 

Me acordé al principio de la tortilla, pero al descubrir en el ordenador que dichas bolas eran vendidas por una multinacional francesa de venta en grandes superficies de artículos deportivos, que tenían un par de centros, uno en Bilbao y otro en Barakaldo. Aunque me apetecía más ir a Bilbao, ya que el metro me dejaba muy bien, supuse que uno de la margen derecha iría más al centro de Barakaldo, al ser más cómodo por poder llegar en coche sin grandes atascos. Así que volví a mi casa para coger las llaves del buga, algo excitado ante la perspectiva de poder avanzar algo, cuya consecuencia inmediata fue que me olvidé totalmente de la tortilla que llevaba toda la mañana esperándome en la cocina. Si me acuerdo, cambiaré el cuenco de las llaves de la mesita de la entrada a la cocina para que estas pérdidas momentáneas de memoria no tengan estas consecuencias catastróficas. Alguna excusa tendré que dar en casa para ese cambio en el orden establecido, pero seguro que se me ocurre.

 

Aparcado el coche en el subterráneo del centro comercial, llegué muy seguro a la zona de golf donde conocía muy bien la zona de bolas, no en vano fui el suministrador familiar en nuestros primeros escarceos en el campo, hasta que acabé harto, ya que al serles a todas las bolas gratis, cuando no encontraban una, la dejaban de buscar, sacando inmediatamente otra ya que iban a cuenta de super pringadetti paganini, useasé, yo.

 

Efectivamente, allí estaban las cajas de la dichosa marca, puestas a la altura de mis hombros, altura de los ojos de los otros humanos, supongo que por estudiada técnica de marketing, con un precio de algo más de tres euros por bola. Con una caja de estas, yo podía comprar casi cien de las más baratas. Pasaba por allí un chico que atendía a la sección de golf, a quien pregunté sobre las dichosas bolas. Me estuvo explicando que era una marca sudafricana que patrocinaba a uno de los últimos ganadores del british, y que por ello habían cogido fama de ser excelentes, aunque sólo estaban por encima de otras de similar nivel en precio. Ahora, ellos tenían la exclusiva para la distribución de esa marca en Europa.

 

Tras el fiasco en la primera tienda, que me obligó a perder más tiempo del previsto, decidí sincerarme y le pregunté al chaval como me podía enterar de quien había comprado últimamente esas bolas. Me dijo que el llevaba sin vender una caja de esa en meses, aunque más o menos venían a desaparecer (es decir que las compraban sin preguntarle nada a él) un par de cajas al mes. Me acompañó hasta el despacho del gerente de la tienda donde me presenté, le dije que estaba buscando y si me podía ayudar. Le noté algo aburrido al hombre, ya que pareció despertar al oír mi historia, mostró bastante interés y aunque no le pude decir para que estaba trabajando exactamente, se puso a indagar en su ordenador. Al de unos pocos minutos con un “¡Ajá!” me confirmó que la última caja se había vendido tres días antes de la ocurrencia del crimen. Frunció el cejo y comentó que era extraño que se gastara tanta pasta en bolas y que luego se comprara dos guantes de los más baratos, y además uno para cada mano “como para no dejar huellas” dijo como si fuera un detective experimentado. Se me encendió la bombilla, podía ser una buena pista, y mostré un poco más de interés. Pero me dijo que el pago había sido en metálico, “mira tú qué raro, utilizó su tarjeta de cliente”. Le pedí que me diera el nombre, pero ahí se quedó. Con una sonrisa triunfal, en cierto modo vengándose de que no le contase nada, me dijo que sólo podía hacerlo con una orden judicial. A pesar de todo, le di las gracias.

 

Volviendo a la oficina, y mientras nos movíamos lentamente por la Avanzada (curioso nombre, ya que en muchas ocasiones, avanzar, se avanza poco) pensé que conocía a una persona, rubia, que podría sacarle al empleado el nombre del dueño de la tarjeta con una de sus sonrisas seductoras. Tenía pocas esperanzas de que una orden judicial pedida por el acusado fuera rápida, o si quiera atendida, pero esta tarde, además de hablar con Elena, debería de mantener una charla con el abogado.

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