lunes, 23 de julio de 2012

YO Y EL OSO



YO Y EL OSO


Esto me ha pasado hace un par de días en la visita que hice a la península de Bruce en Ontario, Canadá. Siempre se ha dicho que no hay mejor manera de comenzar el día que con una caminata, así que incluso antes de que abrieran la cafetería para un copioso desayuno americano, con una botellita de agua me encaminé por el bosque, camino de la orilla del lago Hurón. Iba paseando a buen ritmo, admirando la belleza de aquel parque natural, llenando los pulmones con verdadera fruición de aquel aire tan limpio y mirando hacia el cielo cuando pisé una rama que sonó con un profundo “¡Crack!”. Miré al suelo, algo desilusionado, donde observé el palo roto, y algo en lo profundo de mi ser me hizo mirar al frente. Allí, a unos quinientos metros (con esto del golf voy cogiendo las distancias, manos o menos un par 5 largo), erguido de pie, majestuoso, se encontraba un enorme oso que me estaba mirando mientras apoyada la espalda en un enorme pino, me dio la sensación que se estaba rascando. Menos mal que antes de la caminata y siguiendo el manual del perfecto montañero aficionado, había pasado por el baño y descargado lo habitual por la mañana, porque esta vez fue la primera vez que sentí que me aflojaba de verdad y de no haber tomado precauciones, el resultado hubiera sido, por lo menos, desastroso.

El oso dejó de rascarse la espalda y tuve la impresión que me miró con curiosidad, aunque tampoco estaba en un estado mental que me dejase pensar con facilidad. Del calor que emanaba mi cuerpo (miedo lo llamaría yo) se me empañaron las gafas, así que lentamente me las quité y me las metí en el bolsillo de mi pantalón. Ese fue el primer error que cometí en el día. Efectivamente, la primera lección que te dan para superar los encuentros con osos en el bosque es distinguir si son negros o grises, ya que lo que hay que hacer en un caso o en otro es bastante distinto. A lo lejos, sólo distinguía una sombra muy grande, pero no era capaz de determinar su color, a lo que tampoco ayudaba la penumbra que rodeaba el enorme árbol en el que se encontraba apoyado. Recordé que si se trataba de un oso negro lo mejor era llevar alguna bocina o similar que emitiese un sonido de mayor gravedad que la voz humana. Me acordé de la trompetilla a modo de vuvucela que había regalado una conocida marca de refrescos con motivo del último campeonato de fútbol, y como yo la había tirado a la basura al comprobar el enorme estruendo que emitía aquella réplica de botella de 25 centilitros. Me consolé, en ningún caso la hubiera llevado. Luego también recomendaban el utilizar un spray de pimienta (supongo que como los que se utilizan para la defensa personal o ante una agresión sexual). Así como la trompeta si hubiera tenido alguna oportunidad de acompañarme en mi viaje sino la hubiera oído sonar (no se, como si alguien la mete por descuido en la maleta), lo del spray hubiera sido imposible, nunca se me habría ocurrido agenciarme uno, al menos hasta hace un par de días.

Así que sólo me quedaba una alternativa posible, que era cumplir con la recomendación sobre lo que hay que hacer cuando te cruzas con un oso gris (en esta zona de Canadá era lo más probable), ya que no necesita de extraños avalorios o raros equipajes para cumplirla, simple y llanamente es hacerte el muerto. Supongo que si el oso te pilla sentado o en cuclillas, el hacerte el muerto es más sencillo, pero yo estaba de pie sobre un camino de tierra, eso sí, pero seco y con la pinta de estar más duro que el mármol de Carrara. Claro, que hago ¿me muero a lo vaquero malo traidor pero que en el último momento por salvar al bueno y a la chica lo matan a él, y va cayendo poco a poco mientras musita palabras de arrepentimiento? O ¿me muero a lo especialista cosido a tiros y doy un salto hacia atrás con el riesgo que conlleva de darse un gran ostión? Sumido en mis cavilaciones, creo distinguir a lo lejos que el oso no se ha movido todavía, pero en mi imaginación, que del cague acabo visualizando, intuyo que me sigue mirando.

Así que decido hacerme el muerto a lo derretido, es decir dejándome caer poco a poco para no hacerme daño. Como tampoco creo que el oso, mi único y exclusivo espectador, juzgue la calidad teatral de mi caída, me empiezo a morir sin poner muecas ni caras tontas. Lo primero que hago es me pongo de rodillas, después, lentamente a cuatro patas, y ya poco a poco me dejo caer. Además para estar más cómodo, pongo un brazo bajo mi cabeza. Si no fuera porque estoy en medio de un camino en un bosque, acojonado por la presencia de un oso, diría que había tomado mi postura habitual para dormir. Pero, al pensar sólo en una correcta representación escénica, cometo un nuevo error, ya que no me quedo mirando hacia donde está el oso. Es decir, no le veo y no se si se acercará, supongo que en ese caso lo oiré, pero lo peor es que no veré cuando se va, y podré estar tirado en el suelo como un gilipollas hasta que alguien me encuentre.

Así que va pasando el tiempo, y como del cangüelo no me atrevo ni a moverme, no se cuanto tiempo había pasado desde que me hice el fiambre (mala metáfora cuando tienes alguna opción que alguna alimaña pueda alimentarse de ti), y me pasó lo de siempre, que cuando estoy en momentos de máxima tensión, me empiezan a pasar por la cabeza toda suerte de chorradas. Y no se pudo ocurrir otro chiste que el del cazador y el oso. Es el de aquel cazador novato que quiere cazar un oso y compra en la armería una escopeta. Cuando llega al bosque y ve al oso, le descarga todo la munición , y se pone a buscar el cuerpo del oso. Extrañado por no encontrarle, nota de repente una zarpa que se apoya en su hombro “¿me buscabas?” le preguntó el oso. El hombre aterrorizado cierra los ojos y el oso aprovecha para darle por ahí. Con el trasero dolorido, acude de nuevo a la armería y se compra un rifle de repetición de matar elefantes. El resultado es el mismo. Posteriormente se compra una serie de armas más potentes terminando todas ellas con el mismo resultado, la zarpa del oso en el hombro y el hombre con las posaderas doloridas. Al final, cuando acude a cazar al oso con un bazooka y el mismo resultado, la pregunta del oso al apoyarle la zarpa cambia “¿Oye, estás seguro que a ti lo que te gusta es cazar?”.

Pues sí, ahí estaba yo tirado cavilando sobre el posible orden de las armas de menos a más cuando noté como algo se apoyaba suavemente en mi brazo. El bote que pegué y los pensamientos que pasaron por mi cabeza sobre lo imbécil que era por no haber llevado el spray de pimienta, no debieron de durar más de un segundo, pero que os juro que a mí me parecieron una eternidad, hasta que al abrir los ojos pude ver un uniforme verde (era uno de los guardabosques) y oír una voz que intentaba ser tranquilizadora diciéndome “Hey man, take it easy, the bear is gone”.Descubrí que en la cabaña de los guardabosques, en uno de los estantes cerrados con llave, hay bourbon canadiense destinado a emergencias como la mía. Eso sí, más o menos me tragué media botella. Otra parte de la aventura fue explicar y convencer (hasta que no le llevé al puesto de guarda bosques no le convencí) que tras el fuego de campamento no me fui con mis nuevos amigotes canadienses a soplar por ahí, y que de la manga que cogí me había quedado a dormir en mitad del camino de tierra, pero esto ya es parte de otra historia.

Pues eso, aquí estoy ahora en la habitación del Hyatt Toronto, dándole al teclado del portátil, aprovechando el güifi, viéndome frente al espejo donde corroboro que todavía sigo tan pálido como cuando me encontró tendido en el camino el amable guarda forestal. Es decir sigo todavía con el susto en el cuerpo aunque he de reconocer que esta experiencia en el seno de la familia ha sentado de desigual manera; el resto de la familia se ha comprado las típicas camisetas con la leyenda “No dar de comer a los osos” con la caricatura de un hombre gordito (hasta para esto son cabrones) que corre perseguido por un oso, cuchillo y tenedor en las zarpas, un babero de cuadritos rojos y blancos, relamiéndose babeante con glotonería.

8 comentarios:

  1. Buena entrada, aunque el final me ha parecido algo decepcionante. Desde el principio confiaba en que el miembro del oso saliera a pasear.

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  2. Y por cierto,.....un poquito de humildad en el titulo

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  3. Peru, el cazador del chiste se llamaba 'Frank'.... ¿ Y el guardabosques?

    ¡¡¡YO QUIERO UNA CAMISETA DE ESAS!!!

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    1. La descripción que hago de la camiseta está algo vestida literariamente, que digamos. Veremos que se puede hacer, pero tendrá que ser algo así como un premio. Ya sé, el premio al tío que más comentarios ha hecho. No comentarios bordes, porque a esos se lleva la palma Rasputilla

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  4. Rasputín, el título es un 'semi-plagio' de la serie 'Mi oso y yo' que echaban por ....¡VHF! hace más ańos que la leche...

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  5. El que no me acuerde de esa serie es indicacion clara de que soy bastante mas joven que Guasapo y que el autor, aun asi la edad no esta reñida con la humildad. Lo norma hubiera sido plagiar mas fielmente el titulo de la serie y llamarlo "El oso y yo". El burro por delante para que no se espante.

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    1. ¡Caray, Rasputilla!, que a ti el que te gustaba era Furia. Aunque creo que eras más feliz jugando con tu amiguito Skipy

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  6. Por cierto Rasputilla, tu siempre te ponías delante de Skipy

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