YO Y EL OSO
Esto me ha pasado hace un par de
días en la visita que hice a la península de Bruce en Ontario, Canadá. Siempre
se ha dicho que no hay mejor manera de comenzar el día que con una caminata,
así que incluso antes de que abrieran la cafetería para un copioso desayuno
americano, con una botellita de agua me encaminé por el bosque, camino de la
orilla del lago Hurón. Iba paseando a buen ritmo, admirando la belleza de aquel
parque natural, llenando los pulmones con verdadera fruición de aquel aire tan
limpio y mirando hacia el cielo cuando pisé una rama que sonó con un profundo
“¡Crack!”. Miré al suelo, algo desilusionado, donde observé el palo roto, y
algo en lo profundo de mi ser me hizo mirar al frente. Allí, a unos quinientos
metros (con esto del golf voy cogiendo las distancias, manos o menos un par 5
largo), erguido de pie, majestuoso, se encontraba un enorme oso que me estaba
mirando mientras apoyada la espalda en un enorme pino, me dio la sensación que
se estaba rascando. Menos mal que antes de la caminata y siguiendo el manual
del perfecto montañero aficionado, había pasado por el baño y descargado lo
habitual por la mañana, porque esta vez fue la primera vez que sentí que me
aflojaba de verdad y de no haber tomado precauciones, el resultado hubiera sido,
por lo menos, desastroso.
El oso dejó de rascarse la
espalda y tuve la impresión que me miró con curiosidad, aunque tampoco estaba
en un estado mental que me dejase pensar con facilidad. Del calor que emanaba
mi cuerpo (miedo lo llamaría yo) se me empañaron las gafas, así que lentamente
me las quité y me las metí en el bolsillo de mi pantalón. Ese fue el primer
error que cometí en el día. Efectivamente, la primera lección que te dan para
superar los encuentros con osos en el bosque es distinguir si son negros o
grises, ya que lo que hay que hacer en un caso o en otro es bastante distinto.
A lo lejos, sólo distinguía una sombra muy grande, pero no era capaz de
determinar su color, a lo que tampoco ayudaba la penumbra que rodeaba el enorme
árbol en el que se encontraba apoyado. Recordé que si se trataba de un oso
negro lo mejor era llevar alguna bocina o similar que emitiese un sonido de
mayor gravedad que la voz humana. Me acordé de la trompetilla a modo de vuvucela
que había regalado una conocida marca de refrescos con motivo del último
campeonato de fútbol, y como yo la había tirado a la basura al comprobar el
enorme estruendo que emitía aquella réplica de botella de 25 centilitros. Me
consolé, en ningún caso la hubiera llevado. Luego también recomendaban el utilizar
un spray de pimienta (supongo que como los que se utilizan para la defensa
personal o ante una agresión sexual). Así como la trompeta si hubiera tenido
alguna oportunidad de acompañarme en mi viaje sino la hubiera oído sonar (no
se, como si alguien la mete por descuido en la maleta), lo del spray hubiera
sido imposible, nunca se me habría ocurrido agenciarme uno, al menos hasta hace
un par de días.
Así que sólo me quedaba una
alternativa posible, que era cumplir con la recomendación sobre lo que hay que
hacer cuando te cruzas con un oso gris (en esta zona de Canadá era lo más
probable), ya que no necesita de extraños avalorios o raros equipajes para
cumplirla, simple y llanamente es hacerte el muerto. Supongo que si el oso te
pilla sentado o en cuclillas, el hacerte el muerto es más sencillo, pero yo
estaba de pie sobre un camino de tierra, eso sí, pero seco y con la pinta de
estar más duro que el mármol de Carrara. Claro, que hago ¿me muero a lo vaquero
malo traidor pero que en el último momento por salvar al bueno y a la chica lo
matan a él, y va cayendo poco a poco mientras musita palabras de arrepentimiento?
O ¿me muero a lo especialista cosido a tiros y doy un salto hacia atrás con el
riesgo que conlleva de darse un gran ostión? Sumido en mis cavilaciones, creo
distinguir a lo lejos que el oso no se ha movido todavía, pero en mi
imaginación, que del cague acabo visualizando, intuyo que me sigue mirando.
Así que decido hacerme el muerto
a lo derretido, es decir dejándome caer poco a poco para no hacerme daño. Como
tampoco creo que el oso, mi único y exclusivo espectador, juzgue la calidad
teatral de mi caída, me empiezo a morir sin poner muecas ni caras tontas. Lo
primero que hago es me pongo de rodillas, después, lentamente a cuatro patas, y
ya poco a poco me dejo caer. Además para estar más cómodo, pongo un brazo bajo
mi cabeza. Si no fuera porque estoy en medio de un camino en un bosque,
acojonado por la presencia de un oso, diría que había tomado mi postura
habitual para dormir. Pero, al pensar sólo en una correcta representación
escénica, cometo un nuevo error, ya que no me quedo mirando hacia donde está el
oso. Es decir, no le veo y no se si se acercará, supongo que en ese caso lo
oiré, pero lo peor es que no veré cuando se va, y podré estar tirado en el
suelo como un gilipollas hasta que alguien me encuentre.
Así que va pasando el tiempo, y
como del cangüelo no me atrevo ni a moverme, no se cuanto tiempo había pasado
desde que me hice el fiambre (mala metáfora cuando tienes alguna opción que
alguna alimaña pueda alimentarse de ti), y me pasó lo de siempre, que cuando
estoy en momentos de máxima tensión, me empiezan a pasar por la cabeza toda
suerte de chorradas. Y no se pudo ocurrir otro chiste que el del cazador y el
oso. Es el de aquel cazador novato que quiere cazar un oso y compra en la
armería una escopeta. Cuando llega al bosque y ve al oso, le descarga todo la
munición , y se pone a buscar el cuerpo del oso. Extrañado por no
encontrarle, nota de repente una zarpa que se apoya en su hombro “¿me
buscabas?” le preguntó el oso. El hombre aterrorizado cierra los ojos y el oso
aprovecha para darle por ahí. Con el trasero dolorido, acude de nuevo a la
armería y se compra un rifle de repetición de matar elefantes. El resultado es
el mismo. Posteriormente se compra una serie de armas más potentes terminando
todas ellas con el mismo resultado, la zarpa del oso en el hombro y el hombre
con las posaderas doloridas. Al final, cuando acude a cazar al oso con un
bazooka y el mismo resultado, la pregunta del oso al apoyarle la zarpa cambia “¿Oye, estás seguro
que a ti lo que te gusta es cazar?”.
Pues sí, ahí estaba yo tirado
cavilando sobre el posible orden de las armas de menos a más cuando noté como
algo se apoyaba suavemente en mi brazo. El bote que pegué y los pensamientos
que pasaron por mi cabeza sobre lo imbécil que era por no haber llevado el
spray de pimienta, no debieron de durar más de un segundo, pero que os juro que
a mí me parecieron una eternidad, hasta que al abrir los ojos pude ver un
uniforme verde (era uno de los guardabosques) y oír una voz que intentaba ser
tranquilizadora diciéndome “Hey man, take it easy, the bear is gone”.Descubrí
que en la cabaña de los guardabosques, en uno de los estantes cerrados con
llave, hay bourbon canadiense destinado a emergencias como la mía. Eso sí, más o menos
me tragué media botella. Otra parte de la aventura fue explicar y convencer
(hasta que no le llevé al puesto de guarda bosques no le convencí) que tras el
fuego de campamento no me fui con mis nuevos amigotes canadienses a soplar por
ahí, y que de la manga que cogí me había quedado a dormir en mitad del camino de tierra, pero
esto ya es parte de otra historia.
Pues eso, aquí estoy ahora en la
habitación del Hyatt Toronto, dándole al teclado del portátil, aprovechando el güifi, viéndome frente
al espejo donde corroboro que todavía sigo tan pálido como cuando me encontró
tendido en el camino el amable guarda forestal. Es decir sigo todavía con el
susto en el cuerpo aunque he de reconocer que esta experiencia en el seno de la
familia ha sentado de desigual manera; el resto de la familia se ha comprado
las típicas camisetas con la leyenda “No dar de comer a los osos” con la
caricatura de un hombre gordito (hasta para esto son cabrones) que corre
perseguido por un oso, cuchillo y tenedor en las zarpas, un babero de cuadritos
rojos y blancos, relamiéndose babeante con glotonería.
Buena entrada, aunque el final me ha parecido algo decepcionante. Desde el principio confiaba en que el miembro del oso saliera a pasear.
ResponderEliminarY por cierto,.....un poquito de humildad en el titulo
ResponderEliminarPeru, el cazador del chiste se llamaba 'Frank'.... ¿ Y el guardabosques?
ResponderEliminar¡¡¡YO QUIERO UNA CAMISETA DE ESAS!!!
La descripción que hago de la camiseta está algo vestida literariamente, que digamos. Veremos que se puede hacer, pero tendrá que ser algo así como un premio. Ya sé, el premio al tío que más comentarios ha hecho. No comentarios bordes, porque a esos se lleva la palma Rasputilla
EliminarRasputín, el título es un 'semi-plagio' de la serie 'Mi oso y yo' que echaban por ....¡VHF! hace más ańos que la leche...
ResponderEliminarEl que no me acuerde de esa serie es indicacion clara de que soy bastante mas joven que Guasapo y que el autor, aun asi la edad no esta reñida con la humildad. Lo norma hubiera sido plagiar mas fielmente el titulo de la serie y llamarlo "El oso y yo". El burro por delante para que no se espante.
ResponderEliminar¡Caray, Rasputilla!, que a ti el que te gustaba era Furia. Aunque creo que eras más feliz jugando con tu amiguito Skipy
EliminarPor cierto Rasputilla, tu siempre te ponías delante de Skipy
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