PILORUM
Por las mañanas hay personas que dejan de serlo. Algo de eso tienen las princezombis, ya que unos trece puntos de sutura por encima de la frente no llamó la atención de ninguna. ¿Será que tienen un peso en la cabeza que sólo les deja mirar al suelo hasta la tercera hora que llevan despiertas? Es un misterio. Sólo la mediana cuando se fue de casa me dio un abrazo al estilo de cuando tenía tres años y le decía que tenía pupa. Al menos el subconsciente si parece que le funciona.
También es cierto que esa mañana hubo algo que pudo distraerlas totalmente de su limitada concentración matutina, la aparición de un nido de arañas (expresión utilizada por la máquina para definir una especie de densa telaraña a lo grumo de guata blanca de desmaquillaje) en una de las esquinas de nuestra habitación. Acerqué la mirada y pude ver como en su interior había una cosa negra que se iba moviendo de un lado a otro. Esta ha sido una de las pocas veces que he deseado tener niños en lugar de niñas, para que se hagan cargo de situaciones como éstas, o como cuando aparecen polillas o alguna cucaracha despistada por el cuarto de baño. Pero como soy el único chico, me toca siempre lidiar con estas mierdas ¡con el asco que me dan!
Así que me fui a la cocina, cogí un trozo generoso del rollo de celulosa de la cocina y me fui rumiando contra mi mala suerte hasta la esquina habitada por seres asquerosos. Comprobé que no llegaba con suficiencia hasta la esquina, ni aunque estirase todo lo que podía el brazo y me quedara de puntillas, así que tuve que volver a la cocina, coger la banqueta y subirme a ella. El nido se desvaneció entre mi mano y la densa capa de celulosa que la rodeaba, así que hice una bola y la arrojé con los cadáveres arácnidos a la taza del baño poniendo raudo y veloz el funcionamiento la bomba de la cisterna como si los bichos que estaban aplastados en la bola fueran a salir en cualquier momento. Volví otra vez a la esquina, comprobé que no quedaba rastro de vida anterior alguna, y satisfecho retorné a mis quehaceres habituales. Si nunca has sufrido picaduras nocturnas de arañas, no sabes el temor que pueden hacer crecer dentro de ti.
Estaba pasando la mañana con mucha calma cuando sonó el timbre del portero automático. Dejé el plumero (aunque no lo utilizo para nada, siempre me ha dado bastante nosequé el pasearme por la casa con el plumero en la mano) y me acerqué hasta el telefonillo de la entrada (con cámara de cctv incorporada) donde pude ver a través de la pantalla a Gómez con su uniforme impoluto que tranquilamente esperaba contestación. Inmediatamente le abrí el portal y fui hacia la puerta de casa donde le esperé a que subiera en el ascensor. Salió de él con muy buena pose, sino fuera porque en su mano llevaba la fiambrera de “Hello Kitty” que ayer me había dejado en la comisaría. Le invité a entrar y le ofrecí un café al estilo detectivesco nórdico. Me dijo que no podía aceptarlo ya que le estaba esperando su compañero en el coche. Le comenté que también podía subir su “compi”, pero al final lo dejamos en otra vez será. Me volvió a dar las gracias y me dejó una tarjeta suya volviéndome a insistir en que me debe una muy gorda y que le llame cuando quiera para echarme un cable en cualquiera de las investigaciones que estuviera llevando.
Ya terminadas las tareas domésticas, me senté en la mesa de la cocina para tomarme un café delante de los más de doscientos folios que imprimimos con todo lo que se había encontrado en internet. Mi primera idea era que tenía que clasificar todos aquellos papeles, y luego quedarnos sólo con los que pudieran darnos alguna orientación sobre las personas que quería investigar. Se me ocurrió que me podía bajar de la red un mapa de Getxo y colocarlo sobre un panel de corcho, para así ir señalando con rotulador rojo las zonas a las que correspondía cada uno de los escritos. Como no tenía en casa disponible ningún panel de corcho me tuve que subir hasta el centro comercial más próximo para en una mega superficie de bricolaje adquirir uno. No caí en la cuenta de que tenía que meterlo en el coche, así que obviamente no hice ningún cálculo sobre sus dimensiones y acabó resultando que no había forma de meterlo dentro, si no era rompiéndolo en dos partes. Aunque en el estado de cabreo que me encontraba por no haberlo previsto, podía haber deshecho el panel sin ninguna pega, un pronto de sentido común me indicó que podía llevarlo andando hasta casa y así lo hice. Como el centro está en lo alto de una colina, y ya había bajado más de la mitad de la cuesta, decidí que era mejor no partir el puto corcho y darme la vuelta, así que una media hora más tarde y mascullando todo tipo de juramentos llegué a casa (tampoco pude subir el panelillo en el ascensor). Claro, que tenía que volver al centro a por el coche, y encima era cuesta arriba. Entre subir y bajar de Artea terminé de pasar toda la mañana.
La pricebruja llegó pasadas las tres de la tarde, arrampló con dos trozos de pan de molde a los que metió algo de jamón y tomate, explicándome que se iba a buscar a la peque al cole para después irse a la playa, que cuelgatú no vendría hasta la noche ya que había quedado con unas “amigas”. Así que me quedé solito toda la tarde, por lo que no desperdicié la oportunidad de tirarme en el sofá para una reparadora y reconfortante siestecilla, que al final fue de casi hora y media.
Pasé el resto de la tarde sacando de internet el plano de Getxo, que luego fui aumentando ya que mi vista no es la de hace unos años, y acabé por empapelar todo el panel de corcho que abarcaba prácticamente sólo Neguri y aledaños, así que te puedes imaginar el tamaño del plano. Fui uniendo las hojas con celo, de manera que se convirtieron en una especie de maxi folio y para cuando acabé, ya era casi de noche. Me puse a buscar un rotulador rojo y como no encontré ninguno, me lo apunté para que fuera lo primero que tenía que hacer por la mañana.
Llegaron de la playa las dos pricelangostinas, gritando la peque a modo de eslogan “Reunión de investigación” por el pasillo, por lo que sospeche (en el fondo tengo olfato de viejo sabueso) que lo que quería era comer y si eran bollos de mantequilla de zurica mejor, así que me puse manos a la obra y les preparé una jugosa tortilla de patatas con un poco de jamón de york. Ahí se dio cuenta la máquina de la avería que tenía en la frente. Tampoco se preocupó mucho, ni cuando le dije “lo mejor es decir siempre la verdad, por muy increíble que parezca, ya que al final siempre se va a saber”. Esperé a que la pequeña se fuera a ver sus programas infantiles en la tele (juveniles afirma muy seria ella) y le conté toda la historia, empezando con mi detención (tampoco entré mucho en los detalles, sino que sospecharon porque llevaba unos días en el mismo sitio), mi paso por los juzgados, cuando entré en la tasca siniestra a tomar un café para recuperarme de la impresión (esto sí que no se lo creyó mucho) y la mano de leches que le evité a un simpático policía autonómico, que tres horas antes me había detenido. Me miró, algo preocupada, y tuve la sensación de que no le estaba haciendo mucha gracia mi nueva dedicación, pero no me dijo nada más allá de “anda con cuidado”.
El Sábado por la mañana, cuando me senté ante la torre de papeles, pensando cómo podía clasificar todo aquello, sin prisa, pero sin pausa, me llegaron las malas noticias “Peru, tienes que llevar a la peque a casa de su amiga querida que se queda a pasar allí la noche, pero vete ya vestido para la clase de golf, que luego me pasar a buscar ya que no me apetece ir con Cuelgatú y su amigo que también viene a dar clase” “sabes como me llamo, ¡no! Tú me pusiste el nombre”. Mentalmente me escabullí de aquella discusión, tanto que ni siquiera discutí las ordenes en medio de la peleilla que tenían madre e hija, dándome cuenta de que sólo tenía una hora para empezar la clasificación, que tras discurrir un rato, no fue muy complicada. Cogí los papeles y tras leer la firma los dividí en aquellas firmas que identificaban el lugar de la queja, o que venían con la dirección (habitualmente barrio) del quejica, las que venían sólo con el nombre y las quince que sólo traían iniciales, pero poco más pude hacer.
La clase fue un desastre. Entre el poco caso que me hacía el profesor, los golpes que estaba dando a la alfombrilla de prácticas (en vez de a la bola) el descubrimiento de que Floripondio había estado subiendo con la niña a practicar (igual que la mamá con la peque), y que ya todos me estaban sacando a bolazos, no hizo más que incrementar el cabreo que entendí se me estaba notando porque el colorado de mi rostro estaba alcanzando tonalidades de insolación. Tal debió ser la impresión de la máquina que me acabó por invitar a comer el menú especial en el restaurante del campo de golf de la Arboleda, menú por cierto, que no estaba nada mal. Y como Cuelgatú quería ir a la playa, y el otro es incluso más calzonazos que yo, pues nos quedamos solitos la princesorgi y yo. Incluso empecé a tener esperanzas de que después de la comida, podría venir algo más, ya en casa solitos los dos ¡je, je! Mi olfato de sabueso va mejorando con el transcurso de la investigación.
Por eso, cuando a media tarde y mientras trasteaba en la cocina oí lo que me pareció un insinuante “Cariñooo, estamos sooolos…”, esbocé una sonrisa de satisfacción (el Sábado iba a acabar mejor de lo que comenzó) y me quité el niqui que llevaba puesto en lo que a mí me pareció el gesto de un estríper consumado. Ya con el torso al descubierto comencé a acelerar el paso con destino de mi habitación y me solté el cinturón y mientras andaba comencé a bajarme los pantalones. Pero no coordiné nada bien. El acelerar los pasos y bajarte los pantalones es totalmente incompatible, así que yo solito me tropecé, con tan buena suerte que me golpeé con la esquina del mueble bar ¿Y a qué no adivinas donde me di la ostia? Efectivamente, en la primoroso sutura que adornaba mi frente. Y lo peor no fue eso, sino que cuando alarmada por el ruido, se asomó al pasillo la máquina llevaba en sus manos los diez capítulos en DVD de “Band of brothers”.
Tras la consabida bronca de “¿en qué coño pensabas?”, perdida la oportunidad de haberle contestado que en el suyo, los aspavientos por haber manchado de sangre los pantalones (el niqui descansaba en el suelo de la cocina), la limpieza apresurada de “antes que se seque”, el vestirme con ropa vieja, el meterme en el coche con una toalla en la cabeza, el llegar a Cruces a urgencias, el ser atendido de nuevo por la amable enfermera Elena, el medio mosqueo de que te conoce, el darse cuenta luego que la conocía, la bronca del médico de guardia de que haber a que jugaba, el daño que me hizo seguro que a posta, por fin me encontraba tumbado en una camilla, esperando a que llegara la máquina para irnos a casa.
Lo que pasa es que al final cuando planteas principios morales en tu casa, nunca esperas que se los tomen tan al pie de la letra. Me di cuenta cuando vi pasar a un celador por el pasillo con los pies en uve, los brazos pegados al cuerpo pero con las manos paralelas al suelo andando a pasitos cortos, es decir, lo que se llama el ir haciendo el pingüino. Sospeché que cuando le preguntaron a la máquina que era lo que había pasado, fue sincera y contó la verdad. Luego me enteré de la cruda realidad. Al haber sangre tuvo que prestar una especie de declaración de los hechos, declaración en la que por puñetera casualidad estuvo presente un Ertzaina, y fue mandada en un parte al juzgado de Getxo. Lamentablemente me enteré de ello sin haber podido avisar ante a la princesilla. Cuando llegamos a casa, ya de noche, aparte del bulto que adornaba mi cabeza, sólo me empezó a preocupar el Informe que tenía que redactar para la Yeni, pero el Domingo será un día mucho mejor. Eso pensaba.
Está bien el mote de "princesorgi", pero la investigación no avanza y tienes a los Dalton que se van para el Kilimanjaro....no van a resistirlo...
ResponderEliminarEn lo único en que se parecen los hermanos Dalton es en que son dos Mega Tecno Pijas y mucho me temo que al Kilmanjaro o al Tibet llevaran el Putofón aunque tengan que cargarlos con placas solares.Ahora, tengo la moska detrás de la oreja, tanto África sin fotos de recuerdo ¿Será como el chiste del oso y lo que realmente les gusta no es andar? Creo que por allí hay rudos gorilas.
EliminarLa investigación va muy lenta, pero no te preocupes, algo avanzará en los siguientes capítulos.
Coincido con el escaso avance de la investigacion. De hecho, ya no me acuerdo que se investigaba. Pasamos mas tiempo con los hobbies de Peru que investigando. Ya puestos, quizas vendria bien un pluriempleo (es decir otro caso, no de cocinero en Cubitas) para darle ritmo al relato.
ResponderEliminarEn cuanto a la pregunta de la semana, y dado que Peru no se parece en nada al verdadero detective del artico, Erlendur Sveinsson (salvo en su ansia por autodestruirse) tendre que decir que su sobrenombre se debe al uso frecuente de cubitos de hielo
Rasputilla, eres lo que tú sabes sin el Ras. Se te borran los recuerdos para lo que quieres, pero un simple eslogan publicitario, no significa que sea otro concurso. No seas ambicioso (o gordo, ya que el premio era de comer) ya que has ganado el único concurso.
EliminarNo has entendido nada, así que la mitad del siguiente capítulo se perderá en avance investigativo, para explicarte lo de "hacer el pingüino".
El probe Peru no tiene hobbies (sí algún amigo hobbit), sino muchas responsabilidades familiares que atender.