NINEITULO
No sé si es la montaña de colas de langostino con salsa de soja o la emoción de haber encontrado por fin una pista que me pueda llevar a algún lado, pero lo cierto es que son las cuatro de la mañana y ya hace un buen rato que estoy dando vueltas a la cama sin más compañía que los gruñidos de la bella durmiente cada vez que le muevo las sábanas. Y lo malo es que todavía me queda una larga espera hasta la hora en la que Britni saque a pasear a la perra y pueda constatar exactamente qué es lo que hace mientras corretea suelta, a la par que la otra no para de platicar con el novio. Al final me voy a acabar obsesionando con la chica esta.
Tras seguir mirando al techo durante un buen rato en lo que ya puede ser un duermevela, tras mirar el reloj y ver que sólo ha avanzado hasta las cinco y cuarto, tomo una decisión audaz y me levanto de la cama para encerrarme en la cocina y adelantar algo el trabajo de cocina. Al pasar por el pasillo oigo las rítmicas respiraciones del resto de princesas, no sin cierto cabreo ya que no fui ayer el único genocida de langostinos, pero parece que los estómagos jóvenes marchan mucho mejor. No me queda más remedio que plantear una venganza culinaria.
Así que cojo una tableta de chocolate con leche (la ortodoxia culinaria adoctrina de que debe de hacerse con el llamado chocolate de hacer), 250 gramos de mantequilla, otros tanto de azúcar y cuatro huevos. Lo primero que hago, en un bol es batir bien los cuatro huevos (otra vez, la ortodoxia culinaria habla de separar las yemas y la claras, y batir éstas últimas a punto de nieve, y aunque el esquí se me haya dado bien, lo digo por lo de la nieve, hasta la fecha he sido incapaz de llegar con las claras a ese punto tan de repostero). En un cazo echo un culín de leche, que pongo al fuego, donde poco a poco voy tirando el chocolate partido en onzas para ir deshaciéndolo lentamente. Una vez conseguido el puré de chocolate, añado la mantequilla, mezclándola con el chocolate hasta que se mezcle bien. ¡Ojo con el fuego! Normalmente, cuando se ha deshecho la mantequilla se puede apagar la vitro, ya que el calorcito es bueno para deshacer la mantequilla, pero no hace tanta falta para mezclar el azúcar, que es lo que añadimos a continuación. Ya bien mezcladito todo, lo vamos pasando poco a poco al bol donde está el huevo batido y poco a poco repetimos la misma operación de mezcla. Con una espátula vierto los últimos trazos de chocolate en el cazo y mezclo bien todo con el huevo hasta que desaparezca el color amarillo. Acabada la mezcla y cuando el único color sea el marrón clarito del chocolate (oscuro si has sido ortodoxo gastronómicamente hablando), hay que dejarlo enfriar hasta que coja temperatura ambiente para entonces meterlo en la nevera unas horitas, ya que frío, el magnífico mousse de chocolate que acabo de terminar está de, bueno, no voy a decir palabrotas.
Tras un par de tazas de café y alguna galleta, por fin llega la hora en la que Britni saca a “pasear”, que me coge en la calle, yendo a paso raudo y veloz. No tardo mucho en llegar, y allí me encuentro a la Britni pelando la pava con el novio, les saludo y sigo para ver exactamente donde se encuentra la Truska, a la que oigo ladrar con ese tonito agudo que acaba siendo tan irritante. La perrilla se ha metido en la entrada a un bloque de viviendas. El portal está cuesta abajo, quedando lo que es el primer piso a la altura de la calle. Una de las manos da a un patio interior donde por las puertas metálicas se puede deducir que cada vecino tiene su garaje y probablemente también trastero individual, siendo un primer piso a una altura, mientras el otro, el que queda a mi izquierda, está a la altura de la calle y tiene un pequeño jardín. Junto a la entrada a la casa, antes de empezar a bajar por la cuestilla, hay un caminito hecho por el paso de la gente, que da a una pequeña puerta por la que se puede acceder al jardín. Al lado de esa puerta se encuentra la perra ladrando incansablemente. Para un momento, y se pone a cagar. No es que sea mucha cantidad, y tampoco es que la zona quede anegada de cacas, pero hay algunas más. Acabo de confirmar quien puede ser el propietario de dicha vivienda.
Me voy a ir, cuando cerca de la perra veo algo que me llama la atención, una especie de bolillas de algo que no es caca. Maldigo el no haberme acordado de haber traído el kit de CSI que tan alegremente me preparó la pricepeque y me cambio el reloj de mano para acordarme de volver, una vez que haya terminado con el desayuno de la manada. Me doy la vuelta y me doy cuenta que justo detrás mio se encuentran Britni con el novio, mirándome como supongo que las vacas miran al tren pasar. “Buenos días Britni”, “ Si señor”, y les recomiendo con modales afectuosos que a partir de ahora mejor que no sigan viniendo por aquí a pasear a la perrita, que será mejor que vayan hacia Ereaga, donde en la bajada tienen un parque maravilloso para que la perra corretea y ellos puedan seguir de palliqueo tranquilamente, y si el problema es que hay perros grandes, pueden llegarse hasta la campa del oro. No noto que cambie su expresión, pero yo ya me estoy marchando para incorporarme a mis tareas matutinas habituales.
Al llegar a casa me siento contento ya que por fin puedo estar cerca de alguna conclusión, aunque pendiente de alguna comprobación adicional, pero el milagro que obra el olorcillo que ha dejado el postre que les he preparado para cenar (al final, el que tampoco acabará durmiendo bien hoy, seré yo) tiene también efectos liberatorios en el collar con una piedra que hace que la princesada sea incapaz de levantar la cabeza por la mañana. Así que una a una van entrando en la cocina donde les espera su desayuno habitual, con los ojos entrecerrados y la cabeza agachada, mirando al suelo, hasta que por sus fosas nasales entra ese aromilla del postre tan cariñosamente (vengativamente) preparado. Parece que el collar se rompe ya que como un resorte levantan la cabeza, abren los ojos, esbozan una sonrisilla de satisfacción y dicen “¡Uy qué bien, hoy mousse para postre!”. Lo que más gracia me hace es la manifestación de la genética ya que el gesto es idéntico para las tres. Es verdad que han salido a su madre, pues ni el exceso de ayer, ni el postre de hoy les va a hacer aumentar los cuartos traseros, dejando en entredicho la creencia de que a las chicas el chocolate les acaba agrandando el culo. No han salido a mí, ya que este postre, además de que no me dejará dormir bien, acabará agrandando el perímetro de mi cintura, que malas lenguas atribuyen a la cerveza, pero que le vamos a hacer, enemigos tenemos todos. La verdad es que vaya mierda de venganza he preparado, las he hecho felices desde primera hora. En el fondo, lo que me pierde es el subconsciente.
Una vez solventados los desayunos y tras una despedida más sonriente y despejada, cojo un guante de plástico, una bolsita del mismo material y unas pinzas del famoso kit “Hello Kitty Detective CSI” y salgo raudo y veloz hacia la esquina favorita de Truska con el fin de recoger esas bolitas sospechosas. Como no puedo evitar el ahogarme en un vaso de agua, agoreros pensamientos acuden en forma de hacendoso jardinero que riega y limpia el jardín deshaciéndose de los excrementos perrunos y adjuntos. Pero todavía era demasiado pronto, por lo que cuando llego sudoroso, en aquella esquinita, junto a la puerta seguían impertérritas aquellas bolitas sospechosas. Me pongo el guante de plástico, abro la bolsita y cuidadosamente introduzco las bolitas (y dos cagarrutas, ya que me colé) cogiéndolas con las pinzas. Una vez acabado el proceso, vuelvo a casa, ya a paso más lento.
Después de identificar, separar y deshacerme de las cagarrutas, empiezo a inspeccionar las bolas. Huelen mal y aunque secas, parece que son carne picada. En un plato de cartón, tiro una bola y la disecciono por la mitad. En su interior hay como una especie de semilla que me da cierta mala espina. Repito la operación, y el resto de bolitas tiene el mismo relleno. Dejo las evidencias y enciendo el ordenador. Consulto de nuevo el informe del veterinario y con los datos del veneno me introduzco en internet. El darle forma de semilla de cereal es un truco bastante habitual para que las ratas ingieran el veneno. Al perro, estaba disimulado en bolitas de carne. Lo tengo todo claro, pero sólo me falta comprobar una cosa más.
Vuelvo a subir por los Tilos hasta la calle trasversal y me dirijo hasta el portal. Una vez allí toco el portero automático de varios pisos hasta que una voz me contesta, y le respondo que es una entrega de la pastelería, obsequio del Sr. López, a lo que me abren sin muchas dilaciones. Tengo la suerte de que es un portero automático de los antiguos que no tiene cámara de TV. Una vez en el portal, busco los buzones, sobre todo el buzón del primero izquierda. Lo encuentro y leo a quién pertenece. No puede ser casualidad, son las mismas iniciales que las cartas de protesta. No me quedan muchas dudas, tengo al mata perros.
Satisfecho de mi mismo, decido ir a darme una recompensa en el “Egoki” totalmente envanecido por mi éxito. Pero tras registrar mi cartera y ver que poco me quedaba me tuve que conformar con un café, y otra vez vuelta a casa, rumiando que mis deducciones son brillantes, pero como le justifico fehacientemente a la Yeni que he descubierto al tío que se cargó a Truski. Así que sentado en el sofá voy cavilando lentamente cuando suena el teléfono.
<!--[if !supportLists]-->- - <!--[endif]-->¿Dígame?
<!--[if !supportLists]-->- - <!--[endif]-->¿Agencia de Detectives el Ártico?
<!--[if !supportLists]-->- - <!--[endif]-->¿…..?
<!--[if !supportLists]-->- - <!--[endif]-->Que sí, oiga, que me han dicho que hay trabaja el detective pingüino y ,..
<!--[if !supportLists]-->- - <!--[endif]-->¡Me cago en tu puta madre! – grito furioso mientras cuelgo dando un golpe bastante fuerte al teléfono.
Medio minuto más tarde vuelve a sonar y cuando lo cojo echo tal cantidad de sapos y víboras que cuando empiezo a resoplar me callo por si acaso el que ha llamado no es el bromista autor de la llamada anterior. Cuando me interlocutor responde con un “¡Joder Peloto, vaya carácter te gastas!”, comprendo que es mi recién encontrado viejo amigo de la uni, el ínclito Juanito Caraqueño. Le dejo que me vacile un poco para que acabe diciéndome que iba a archivar ese parte de lesiones sin más, y que le explique a mi santa que no hay que ir gastando bromas a las enfermeras sobre como me caí (me doy cuenta que es su manera de pedirme disculpas), ya que pueden acabar en manos de la justicia, que además de ciega, hay veces que puede ser vacilona. Le interrogo sobre cuanta gente lo puede conocer y me dice que sólo se sabe en las comisarías de la margen derecha, izquierda y Bilbao. Que por el Duranguesado cree que no ha llegado el rumor.
Me cambia de tema y me pregunta sobre mi investigación y si he avanzado algo. Le cuento donde estoy, pero que me falta poder rematarlo para cerrar el caso y cobrar. Se queda sorprendido de cómo he llegado a mis deducciones “Oye, parece que eres más reflexivo de lo que pensaba” y me invita a subir a su despacho a tomar un orujo con churros y a terminar este asunto. “Mira, tu subes y redactamos una denuncia, de momento provisional, es decir sin registrar la entrada en el juzgado, y así con esos datos podemos comenzar a enredar un poco”. Cuelgo el teléfono y me dispongo a apagar el ordenador, cuando veo unas tarjetas de visita que me hizo la pequeña en un centro comercial, donde figura mi nombre, el oficio de Detective Privado (con el número de autorización) y mi teléfono móvil (ahora tendré que llevarlo encendido siempre). Animado por este primer, llamémosle éxito parcial por el momento, pienso que no va a ser una mala idea el pasarme antes por la clínica veterinaria para dejar unas tarjetas a modo de propaganda, mejor antes que después, ya que el orujo por la mañana es anticipo de buena siesta al mediodía.
K...
ResponderEliminarTe falta un punto. Ahora, ya te avisé en el primer capítulo
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