domingo, 8 de julio de 2012

AIBOAKO SERLOK (VIII)

SORCHI

Con los ojos fijos en el techo no podía apartar de mi mente el asunto pingüino. Haciendo memoria, recordé que fueron muy sonados aquellos casos en una discoteca de Bolueta donde a los incautos les ofrecían sexo fácil en una esquina. Cuando los panolis picaban, una chica le bajaba los pantalones hasta los tobillos, insinuándole avances posteriores. En el casi éxtasis que alcanzaba el panoli, un cómplice venía por detrás y le afanaba con cierta habilidad la cartera. Entonces el gancho se piraba y si el panoli se percataba del robo (les costaba reaccionar algo) al intentar salir corriendo tras los timadores, alcanzaba a dar cortos pasitos, ya que el pantalón en los tobillos actúa al modo de cadena. Eso era lo que se conocía como “hacer el pingüino”. Esperaba que la declaración de la máquina no hubiera ahondado tanto, pero lamentablemente no fue así.

Pero era Domingo por la mañana, seguía tirado en la cama, la habitación a oscuras y nada turbaba mi descanso. Miré el despertador y ya pasaba de las diez cuando una turba de princesas entró en mi habitación con una bandeja con café negro suave, unas galletas digestivas y el periódico, intentando hacerme la pelota lo más que podían, que qué tal mi cabecita, que si tenía hambre, que sí quería algo más, que me dejaban el baño libre, etc, etc, etc, todo lo que un hombre en medio de tanta hembra estaba dispuesto a oír con sumo placer, aunque, siendo sinceros y ya que la veteranía es un grado, intuía que para cobrar todo aquello, el peaje que tendría que pagar iba a ser mucho mayor, o al menos eso era lo que ellas creían.

En el fondo, lo que las princejetas estaban haciendo era un sondeo para comprobar si me encontraba muy mal o se podían ir prontito a la playa. Descubiertas las intenciones, y que tampoco me importaba en exceso que me dejaran tirado en casa todo el día, sin soportar órdenes, ruegos, intentos de peloteo y similares, puse cara de pena pero les estaba abriendo la puerta para que se fueran casi, casi, con el mando a distancia del garaje. Era lo que estábamos deseando todos, ellas ir a rebozarse de sol, y yo quedarme solito en casa sin tener que compartir nada con nadie, es más, con una celeridad digna de un piloto de fórmula uno saliendo de un cambio de ruedas, les hice los famosos sándwiches de pan de molde con su rebanadita de tomate, lonchita de jamón de york y la hojita de lechuga, embadurnada de mahonesa, embutiditos y envueltos en su papel de aluminio, para que desaparecieran cuanto antes y poder sentirme como el rey de la casa, sin súbdit@s, pero el rey de la casa.

Con el albornoz me dirijo a mi despacho de investigaciones para empezar a procesar el motón de hojas que me quedan pendientes. Observo la pequeña montaña de papeles, que parece tener ojos y que también me mira a mí. He de reconocer que no dudo mucho y me vuelvo a poner otro café mientras saboreo con deleite cada una de las hojas del periódico. Voy disfrutando mientras avanzo en su lectura, pero sé que dentro de un ratito me voy a encontrar de nuevo con la montaña de papeles.

Así que cuando llevo la taza de café al fregadero y dejo el papel en la mesa de la cocina, vuelvo al despacho donde además de mirarme las hojas noto que también tienen una sonrisilla guasona. Empiezo. Los más fáciles son aquellas opiniones, quejas o como le llamemos donde el quejica ha escrito su dirección. Sorprendentemente, más de las que yo esperaba, así que tras corroborar que esas direcciones no están en la zona que he delimitado, separo los papeles, más o menos como un 25% de ellos, pero todavía siguen quedando.

La segunda parte me obliga a leer cada una de las misivas, y descartar aquellas que no correspondan a la zona seleccionada. No me sorprende que en la mayor parte de los casos el personal ubique el lugar donde se produce el motivo de sus quejas, así que me libro de la mitad. Pero el problema comienza ahora, sólo me quedan quejas con nombres y con iniciales y ya no se me ocurre como hacerlo, así que como siempre que me he atascado en la redacción de algún informe, me vuelvo a la cocina para preparar algo para cuando llegue la princesada.

Como el otro día traje tomates me conformo con hacerles unos litrillos de gazpacho, que me lo agradecerán de cuando vuelvan de lagartijear. En este caso he comprado dos kilos de tomate madurito de eusko label, al que voy a juntar otro kilo de tomate pera que también estaba muy maduro. Mi docenita de pimientos verdes de Munguía y las tres cebolletas de rigor (dos si son grandes). Corto cada tomate en cuatro o cinco trozos tras quitarles el rabo verde, y los voy metiendo en la olla exprés (porque es la cazuela más grande que tengo, no por otra cosa). Una vez cortados, quito el rabo y las semillas a los pimientos que también los meto en la cazuela. Por último, pelo las cebollas (más bien quitar la capa superficial, para no lavarlas. Los tomates y los pimientos, siempre los paso por el chorro de agua fría antes de manipularlos) y las corto en cuatro o seis trozos. Con toda la verdurada en la cazuela, añado sal (siempre echo poca, ya que luego se puede añadir a gusto del consumidor), unas tres cucharas soperas de azúcar, un vaso generoso de aceite de oliva virgen extra (cuanto mejor sea más rica va a quedar la gélida sopa de tomate) y vinagre, también poco (se puede añadir al gusto del consumidor) y con la idea de que cuanto mejor sea, más contribuirá al éxito final del gazpachete.

Todo metido en la cazuela para meter la batidora e ir triturándolo hasta que no quede trozo alguno y quede un puré de un color más rosita que rojo. Ese puré hay que pasarlo por el chino o por el pasa purés. Desde que descubrí el chino y pude meter la batidora en él, fui un hombre más feliz. La única pega que le veo al chino es que el resultado queda un poco más espeso que con el pasa purés, pero no hay nada que no arregle el añadir un poco de agua fría.

Aproximadamente y añadiendo un poco de agua, me vienen a salir unos cuatro litros de gazpacho que introduzco en botellas de cristal (las de la leche son muy buenas) e inmediatamente meto en la nevera para que en cuatro o cinco horas estén a la temperatura adecuada. No me suben a sus hombros y me dan la vuelta de honor por el pasillo de casa por razones obvias, pero puedo asegurar que cada vez que lo prueban renuevan los votos de ser buenas hijas y mujer.

Así que pensando en lo contentas que estarán cuando vuelvan, retorno a mi despacho (No es otra cosa que un cuarto de la casa que me ceden cuando no están) a enfrentarme con las hojas que me quedan, pero con un as en la manga. Mientras hacía de cocinillas, he descubierto en la cocina una guía con las páginas blancas, así que podré saber en qué calle de Getxo viven las firmas de las quejas. Es brillante, pero me lleva tiempo. Al de otro par de horas logro descartar la mayor parte de los nombres, y ya sólo me quedan algunos nombres que no aparecen en las páginas blancas y unas pocas quejas, eso sí, reiterativas, que están firmadas con iniciales.

Pero aquí sí que me paro, no veo como seguir. Utilizo otra de mis tácticas, pensar en otra cosa, pero no me libra de mi atasco, sino que me produce mucho más desazón ¡Tengo que hacer mi informe a Yeni! ¿Y cómo se hace un informe de investigación? Eso no me lo ha enseñado ni Jaritos, ni Brunetti y mucho menos Montalbano. Tendré que empezar poniendo el nombre y la fecha, luego el objeto de la investigación, la información que he recibido hasta la fecha, la que he obtenido por mis propios medios en el trabajo de campo, y al menos avanzar algunas conclusiones. ¿Y qué coño avanzo? Ya sabemos todos que al perro lo envenenaron a la mañana, y por la mañana,……. ¡no sale de la calle peatonal que está entre los Tilos y Cristóbal Colón!¡Bingo!¡ Y hay unas putas páginas azules con los nombres de todos los que viven en esa mierda de calle que no me acuerdo como se llama! Pero como avezado investigador privado que estoy hecho, levanto la vista y veo su nombre en mi corcho – mapa ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!.

Un sudor frío recorre entonces mi frente. La princejefa tiene la manía de reciclar todo aquello que no sea ya de utilidad, aunque también tiene la virtud de ordenar todo lo que puede. ¿Qué habrá hecho en este caso? ¿Prevalecerá la virtud o el orden?¿No nos enseñaron en el colegio que era lo mismo?

A modo de penitente me levanto de la silla, me despojo de mi albornoz y me pongo de rodillas. Me enrollo el albornoz a modo de turbante por la cabeza y comienzo en procesión hacia la cocina, rogando que las páginas azules hayan sido salvadas por la princeordenadora. Tras cuatro o cinco metros de avance, o bien porque me duelen las rodillas, o bien porque comprendo que si aparece la princesada, me ven de esa guisa, pesan el aluminio de la bolsa de reciclaje (o peor, cuentan los cadáveres de latas de medio litro de birra), el único resultado previsible es que me echen de casa… otra vez. Así que me levanto y al verme en bolas, decido que es una buena hora para ducharme, vestirme a lo persona decente, y después buscar las páginas azules.

Una vez refrescado y adecentado vuelvo a la cocina, miro con cierta aprensión las baldas llenas de libros y folletos, y debajo de ellos, leo el nombre de la compañía editora de la guía azul en lo que parece ser un libro ¡azul!. Hace ya unos años que no se edita, pero tampoco es que por aquí seamos mucho de cambiar de casa, me consuelo, y mientras mi cerebro comienza una nueva adoración de las cualidades de la máquina, saco delicadamente con mi mano la guía azul de teléfonos de hace unos años, donde en cada número de casa, aparecen los nombres de los titulares de los teléfonos.

Ávidamente miro que apellidos o iniciales coinciden con la docena que me queda, y al final, sólo dos quejicas pueden corresponderse con titulares de cuantas de esa calle. Casualmente, ambos firman sólo con iniciales. Vuelvo a leer las quejas con sus firmas, una de ellas sobre perros de razas peligrosas, que descarto automáticamente. El otro creo que puede ser mi hombre, se queja de agudos ladridos matutinos y de cagarrutas en la puerta de su casa. Este puede ser.

Sumido en estos pensamientos aparece la princesada en pleno, y más que por las voces, por el estruendo que meten al abrir y cerrar de la nevera en busca de viandas, intuyo que no han tragado nada desde el sándwich que se han llevado para el medio día. Feliz como estoy con mis conclusiones, les propongo ir al Wok de Artea, eso sí, exigiendo que por la ducha y la hidratante pasan después. Hay veces que dudo que sean chicas, ya que cuando aparecen con hambre y se les insinúa la posibilidad de comer, se comportan como un pelotón disciplinado de reclutas que vuelven de sus primeras maniobras hambrientos y en dos minutos las tenía en el coche, dispuestas a la barra libre de un Wok, ordenando la princejefa que iba a mi cuenta. No fueron capaces de preguntarme por mi herida, ni yo de acordarme de ella, ni de que lo primero que tenían que haber hecho era haberme preguntado. ¡Mi estómago rugía también!

Una vez sentados y comprobando que mi exigua cartera que no me iba a dar para pedir vino, constaté que tanto ni ellas ni yo habíamos comido así que la espantada  hacia las viandas nada más sentarnos fue generalizada. Diez minutos más tarde y ya calmado el ardor que produce tener el estómago vacío ante montañas de comida, comenzaron a hablar entre ellas sobre su jornada playera, a la que en un minuto de conversación caí en la cuenta que también había ido Floripondio. Por cierto, que llamó al de unos minutos y por lo que contestaba Cuelgatú empecé a adivinar que algo le había hecho. El otro pobre se quejaba que la crema de protección que le había dado, no podía estar muy bien, ya que estaba totalmente quemado, hecho que aseveraron con pose sincera tanto la peque como la máquina, que miraban inquisitivamente (como cuando cambian a uno en el FIFA) a la mediana, que acabó confesando. Como se le olvidó llevarle crema de protección le dio una hidratante, pensando que era un poco exagerado en cuanto a lo de las quemaduras, y ahora le convencido al atontado que podría ser posible que la crema estuviera caducada.

Miré a mi hija con una incredulidad furiosa, mientras que internamente me solidarizaba con Floripondio. Mil discursos afloraban en mi mente para poder afearle cruelmente su conducta y que no pudiera dormir tranquila en muchas noches. El silencio se hizo en la mesa mientras que mis ojos echaban chispas ¡Chispas, no!¡Rayos! con los que quería fulminarla por su cruel comportamiento. Pero al final, la familia es la familia, y de mi boca sola pudo escaparse “Pobre Amapolo” que desató la hilaridad descosida de mis tres chicas.

5 comentarios:

  1. Para informes de investigacion recomiendo a Millhone

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  2. Deberías hacer una ruta con waypoints y recetas. Eso sí, mejor que te aprendas el nombre de las calle de los mareos....

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  3. Supongo que se te has comido la "G", que no sé a que libro de Millhone corresponde. El nombre de la calle lo tengo muy claro pero al vulgo no hay que descubrir el mata perros antes de tiempo.

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  4. Respuestas
    1. Mata perro, para ser más exacto. Asesinar es matar a alguien con premeditación, pero no a animales. Ten en consideración que en ese caso (matar a un animal con premeditación)los filetes que te zampas (y ahora no te las des de vegetariano, que no lo eres)serían de ternera asesinada con el agravante de descuartizamiento.

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