jueves, 24 de abril de 2014

VII Una tarde cualquiera en Torrebertán


Notó una vibración en el pecho, y entreabrió los ojos lentamente, hasta que pudo acostumbrase a la claridad, leve por el efecto de los cristales tintados, pero aun así tardó unos segundos en recordar donde se encontraba. Vio como el chófer le observaba por el espejo retrovisor, hasta que el timbrazo de la llamada acabó por despertarle. Miró en la pantalla de su teléfono móvil para ver quién era y se preguntó que querría el cabo de los de operaciones especiales. Le costó algo más el acordarse de que le había pedido que le avisara cuando se hubiera reagrupado en el cuartel toda la sección especial. Muy marcialmente “¡qué pesados!” casi dice en voz alta, le explicó que ya estaban los cuatro disponibles en el cuartel, un quinto no localizado todavía y el sexto estaba de boda en Jaén, le había pillado todavía comiendo y le había parecido más conveniente dejarlo allí. Le costó comenzar a hablar, pero dio muy clara la orden de que llamase al juez Caraqueño y se pusiera a su entera disposición.

Se desperezó lentamente disfrutando de la amplitud de la zona de pasaje del vehículo del rico del pueblo, y tras soltar un profundo suspiró llamó a Gómez para que le informara si había novedades, no sin antes haberse enterado por boca del conductor que estaban a menos de diez minutos de llegar al centro comercial de la entrada a la capital. Así que cogió el móvil y llamó a Gómez para que le informara de si había alguna novedad. No había ninguna, pero le pasó el teléfono al secretario quien si le comentó que ya se había puesto en contacto con el dueño del centro comercial, amigo de Don Fulgencio, y ya le esperaban en la puerta principal el gerente del centro y dos de sus guardas de seguridad para ponerse a disposición de Peru.

Éste le dio las gracias y le pidió que le avisara que en cinco minutos llegaban. La idea era que parasen la proyección para comprobar si la sobrina estaba en la sala, aprovechando la duración de la misma, y mientras buscarían en el parking el vehículo. Vuelta a hablar con Gómez, éste seguía convencido que se trataba de una triquiñuela de alguien que se había enterado de que la chica iba a ir al cine, y había ideado esta historieta para sacarse unos Euros por la patilla.

Peru le colgó cuando entraron en lo que evidentemente era la zona comercial, un amplio aparcamiento con letras y números de identificación de las zonas, y a lo lejos un enorme pabellón, con la fachada central totalmente acristalada. Algo fastuoso le pareció para una capital de provincia de las dimensiones de aquella, pero seguro que era negocio, ya que por ningún lado mostraba señales de decadencia, a pesar de la crisis inmobiliaria que todavía seguía en pleno apogeo.

Aparcó el coche frente a lo que debía ser la puerta principal y un hombrecillo con traje gris que se frotaba nerviosamente las manos, flanqueado por dos guardias de seguridad, se acercó hasta ellos. Perú volvió a preguntar al chófer, más que nada para asegurarse otra vez, sí conocía bien a la chica y salió del coche dirigiéndose hacia el hombrecillo, que al verle, dejó de frotarse las manos, se ajustó las patillas de las gafas y tendió su mano para saludar, presentándose como Germán, el gerente (Gegé el risitas le puso el mote instantáneamente) y que tenía las instrucciones concretas de ponerse a su entera disposición.

Peru se lo agradeció y ya que se había acostumbrado a mandar en el poco tiempo que llevaba al frente de la policía municipal de Torrebertán, le envió a Gegé junto con el chófer a la sala de proyección para que detuvieran la película y echasen un vistazo a los espectadores de la sección; “espero que no se queme el celuloide por parar la película inesperadamente” soltó Peru a los dos seguratas que le miraron con ojos de Lemur, pues hasta ellos sabían que hacía tiempo que las películas de celuloide habían dado paso a los soportes informáticos.

Si Peru se dio cuenta de su desbarrada o no, apenas se le notó, ya que tras enterarse de la existencia de parking subterráneo, dos plantas, mandó a cada uno de ellos a que las recorriesen de cabo a rabo para ver si encontraban el vehículo, al parecerle a él más cómodo enredar por el aparcamiento de superficie. Que todavía no andaba muy despierto quedó probado cuando muy educadamente uno de los guardas le pidió que les diese los datos del vehículo a identificar. Estuvo tentado de ir a tomar un cafelito antes en una de las terrazas que quedaban a su vista, pero no le pareció muy adecuado, así que se dispuso a recorrer todo el aparcamiento.

Mientras la espera hacía que la atmósfera en el salón se fuera tornando más densa y espesa. Caraqueño, al parecer el más acostumbrado a las esperas tediosas comenzó a enredar con la aplicación que habían descargado y comprobar donde estaba cada uno, salvo Peru, el resto estaban juntitos. Acababa de hablar con el cabo de la unidad especial, al que no había pedido que se incorporasen al círculo de amistad, para poder controlar la ubicación de todos en cada momento, así que le llamó, pero tras trabarse en las explicaciones, le pasó el teléfono a Gómez, quién al fina explicó correctamente como había que unirse, pero como todo no puede salir siempre bien, de la unidad especial, sólo el teléfono del cabo estaba preparado para poder descargar la aplicación. “¡En fin! Menos da una piedra” pensó para sus adentros el cada vez más soñoliento juez, que pensaba lo mismo que su amigo Gómez.

A Peru le dio tiempo para revisar el parking de la superficie un par de veces, en una búsqueda infructuosa, lo mismo que les pasó a los dos seguratas, que desde lejos ladearon la cabeza en señal inequívoca de no haber encontrado nada. Por eso, cuando aparecieron el gerente y el chófer con las mismas noticias, no estaba en la sala, marcó de nuevo para llamar a Gómez.

Por la pausa, al responderle, pensó que ya se estaba haciendo el interesante aunque su teoría no fuera por el momento cierta, pero en un susurro le informó que el secretario estaba atendiendo la llamada del secuestrador. Al de unos pocos segundos, y ya con voz más alta pero con un claro fondo de desánimo le soltó que la prueba de vida era positiva “Cómo una alcoholemia” pensó Peru en plan Bruno el oportuno. Luego la voz de Caraqueño pidiéndole que vuelva cuanto antes le sacó de su chorra meditación.

Dio las gracias al gerente y a sus acompañantes y le dijo al chófer que tenían que volver. Ya dentro le confirmó lo que le habían contado, y aunque contrariado, se acurrucó en una de las esquinas cerrando de nuevo los ojos, ahora ya para intentar echar una cabezada a propósito, ya que podía ser una tarde y noche muy larga, y nunca sabía uno cuando podría volver a dormir, habilidad adquirida tras malgastar unas cuantas miles de horas en coñazos de vigilancia.





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