Un
denso silencio envuelve toda la estancia al caer en la cuenta que queda muy
poco para que la llamada se produzca. Peru se queda medio hipnotizado mirando
fijamente al teléfono inalámbrico que han puesto en medio de la mesa, siguiendo
el ritmo del parpadeo de la pequeña luz verde que late mientras le quede
batería al aparato. La lenta digestión le hace caer en un duerme vela en el que
empieza a recordar.
Se
ve sentado bajo el toldo de su auto caravana en el camping de Górliz,
contemplando el cielo que comienza a apagarse. En la mesita que tiene a su lado
un vaso de sidra con hielos, una botella de ginebra medio vacía y una botella
de Kas de limón de dos litros, donde ya apenas queda medio. Coge el vaso, lo
pone al frente, lo mira embelesado y lo hace sonar un poco moviendo la mano con
la que lo sujeta, no por enfriar, sino por dar un poco de música, preludio del
trago con el que va a terminar el resto de bebida que reposa en el fondo del
vaso. Saborea el refrescante trago y deja el vaso vacío en la mesita. Coge dos
hielos de una bolsa de plástico que tiene bajo su silla, los echa en el vaso,
un par de dedos generosos de ginebra y acaba llenando hasta el borde de kas de
limón. Siempre agradecerá al amigo que le hizo cambiar el soso combinado de
ginebra con tónica por el tan refrescante gin kas.
Reconoce
que las puestas de sol del camping de Sopelana son mucho mejores que las de
éste camping, pero por ahí podía andar Oiane con su reconciliado noviete, y no
tiene excesivas ganas de volver a verla. Pero el encontrarse con ella aquella
tarde lluviosa en San Vicente fue una de las pocas veces que había tenido algo
de suerte en los últimos años.
Hacía
menos de un mes que había dejado el calabozo en Getxo, y unas dos desde que
había acabado con el escaso dinero que le había quedado. Después de que le
acribillaran a balazos su casa y oficina de Santa Ana y que fuera detenido por
la Policía Autónoma justo en la parada de autobús de su hija pequeña, algo que
nunca perdonaría a la Rosarios, su mujer con las dos niñas puso tierra por
medio, cerrando la casa de Santa Ana y dejándole en la calle. Cuando salió del
calabozo, gracias a sus amigos evitó el pasar una semana en la cárcel de
Basauri, se encontró sin licencia, sin
trabajo y sin un lugar donde poder dormir. Orgulloso como era, desistió en
pedir ayuda a sus amigos, y empezó a ir a dormir a albergues baratos o de
vagabundos. Poco tardó en caer en la rutina del tetrabrick de vino sin
denominación de origen. Si hacía bueno, iba por el parque de doña Casilda o
Etxebarría, y si llovía podía caer por las galerías de Urquijo o en los
soportales de San Vicente hasta que llegara la hora de la sopa y la manta.
Aquella
tarde llovía a cantaros, tanto que no salió a por su segundo tetrabrick, y se
quedó sentado en el suelo y recostado contra la pared en los soportales de la
iglesia de San Vicente. Tenía algo de frío, pero estaba seco y acurrucado
mantenía bien el calor. Desde los barrotes que separan los soportales de la
calle contemplo como tardaba bastante en aparcar una auto caravana. Como
siempre, ante las torpes maniobras, achacó la impericia al sexo contrario y
sonrió levemente por tener razón cuando vio salir del vehículo a una mujer. La
estuvo observando un rato, y cayó en la cuenta que pasaba algo más que un torpe
aparcamiento. Cuando la vio poner la frente contra la caravana y estar así un
rato, pensó que podía estar llorando. No tenía nada que hacer, se le había
pasado la trompa y probablemente sería el día del mes de hacer una buena obra,
así que se desperezó y levantándose se dirigió hacia donde estaba la muchacha.
“¿Puedo
ayudarte en algo?”. Ella, que no llegaba al metro sesenta, se dio la vuelta, le
miró y echándose en sus brazos, se puso a llorar. Al de un rato logró calmarla
al conocer que su gran problema es que había pinchado una rueda y no sabía como
cambiarla. A Peru, en cualquier caso, le costó bastante el cambiar la rueda,
entre que no era muy hábil para esos menesteres, que ella tampoco conocía donde
estaba la rueda de repuesto, y que el libro de instrucciones era de todo menos
claro, y se caló hasta los huesos durante la media hora larga que tardó en
hacer el cambio.
Al
despedirse, ella le invitó a entrar para que al menos se secase. Peru, con
bastante vergüenza entró y se quedó en ropa interior, envuelto en un edredón.
Le preparó un ponche de coñac con leche y miel, que le sentó tan bien, que
acabó por quedarse dormido. Cuando se despertó, intentó marcharse
atropelladamente, pero su ropa no se había secado, así que ella se ofreció a
llevarle a casa. Cuando le dio la dirección, ella le preguntó si aquello no era
un albergue de mendigos. Peru
avergonzado le confesó que hacía cuatro semanas que se había quedado sin casa y
que ahora vivía allí, hasta que me echen, remató.
Total
que ella, que acababa de ser abandonada por su novio, quien en el reparto se
quedó con el piso y ella con la caravana, movida por la pena o por tener algo
de compañía, le invitó a pasar la noche (en una cama supletoria) hasta que se
le secase la ropa. Como ambos estaban sin trabajo, el día pasó a ser una semana
y la semana un mes, hasta que fijaron su residencia habitual en el camping de
Sopelana. Peru encontró trabajo en una oficina de seguros comprobando recibos,
le pagaban por recibo comprobado y ella fregaba escaleras en unas comunidades
de Leioa. No ganaban mucho, pero les daba para pagar el camping, cenar y
desayunar caliente, y una vez cada dos semanas, el Sábado habitualmente cenar
pollo y croquetas con cerveza en el restaurante del camping. Además con la
excusa de que la supletoria le machacaba la espalda, a partir de la segunda
semana comenzaron a dormir en la misma cama (la buena de la caravana) y
consolarse, día sí y día también, mutuamente.
El
baño en pelotas todas las mañanas, viendo amanecer por Meñakoz, el metro a las
seis y media, a las siete y cuarto en Bilbao, empezando a contar recibos dos,
tres o cinco horas los mejores días. Ir andando hasta San Ignacio para llegar
al mediodía al camping. Una buena siesta, esperar a que ella llegara, hacer la
cena, unos ratos de alcohol y luego a dormir.
Un
día el encargado del camping, conocedor de su pasado como detective le encargó
que averiguara quien estaba robando. Aquello le hizo revivir, además de lograr
un mes gratis de alquiler, luego aparecieron sus amigos de la comisaria de
Getxo, que le llevaban buscando tiempo, con la noticia de que le habían
devuelto la licencia, y por fin se vendió la casa de Santa Ana que le supuso
una buena inyección de liquidez. Era todo lo feliz que podía ser un tipo que
llevaba un año sin ver a sus hijas, primero por la vergüenza de que le vieran
como un indigente, y luego por no tener un sitio donde quedar con ellas. Ahora
con la pasta, iba a poder intentarlo.
Pero,
cuando todo parecía que iba a mejor, va el imbécil del ex de Oiane y
arrepentido le pide perdón, y la idiota de ella, le perdona. Se va a su casa de
Burceña con el pollo, y le da a Peru una semana para que se busque otro sitio y
deje la caravana.
Triste,
deambula por Las Arenas hasta que se encuentra con un viejo amigo, quién le da
dos buenos consejos, el primero que se pase al gin kas, y el segundo que se
vaya a Alemania a una feria de caravanas de segunda mano, y que se compre una
más grande que la de su amiga.
Dicho
y hecho, y allí estaba Peru terminando su gin kas, ya de noche y pensando en
recogerse en su cómoda caravana con una mega cama donde duerme a pierna suelta.
La pena es que los asuntos que lleva como detective van menguando, sobre todo
por falta de infraestructura, que se fue toda con la uruguaya, y quita del
montón y no pon, se acaba el montón. Hasta que oyó aquel timbre del teléfono y
desde la oficina del camping le avisaron por megafonía (es decir, Mauricio el
cholito a grito pelado) que tenía una llamada.
Pero era una tarde en Torrebertán o hemos cambiado a un anochecer en el camping de Gorliz?
ResponderEliminarComo le pueden quedar aun hielos después de casi dos litros de GK?
¿Has oído hablar de los "flash backs"?
EliminarLos dos litros son de KL, no de GK
Cada vez que abres una botella, no es necesario vaciarla, aunque sea tu costumbre. Se puede guardar en la nevera.
Para los hielos, no es necesario nada más que levantarte e ir a la tienda del camping.
¡Cómo se nota que tienes gripe!