viernes, 14 de marzo de 2014

III - Una tarde cualquiera en Torrebertán


III

-       Soy Juan, estamos en medio minuto….. Vale
Y colgó su teléfono móvil. El automóvil tomó un camino de grava hasta acercarse a una gran puerta metálica. Según comenzó a reducir la velocidad la puerta comenzó a abrirse de par en par, y nada más atravesarla, volvió a cerrarse. Había un camino serpenteante hasta llegar a un chalet de dos plantas rodeado por un pequeño bosque de cipreses. En la puerta, como si estuvieran esperándoles, dos personas. Una de ellas le hizo una señal para que aparcaran junto a otros dos vehículos, un audi negro y un seat Ibiza. “Ese es Alfonso, el secretario de dueño” le indicó Peru a Gómez.

Junto al secretario se encontraba otro hombre, de estatura y constitución media, de ojos azules, algo saltones, con la cabeza totalmente rapada, una vena azul que le partía en dos la frente y un purito en sus labios. Cuando vio salir a los tres del coche, antes siquiera de saludarles preguntó quién era el tercero. Cuando le dijeron que era policía autónomo no puso muy buena cara pero algo le cambió cuando les explicó el juez que le conocía de sus tiempos de Getxo y que había intervenido en un par de secuestros, aunque no en primera fila y tenía algo de experiencia en esos asuntos. "En cualquier caso, más que todos nosotros juntos". “Bueno, tu mandas, señoría” y se dio la vuelta invitando a los demás que entraran en la casa. Aunque iba de paisano, Gómez advirtió que aquel era el famoso picoleto doble erre.

Alfonso se había adelantado y les esperaba en lo que podía ser el comedor. En una larga mesa, presidiéndola estaba Fulgencio Jiménez, la persona más poderosa de Torrebertán. Era un tipo más bien chaparro, con la cara curtida del campo. Algunas entradas en su cabeza y las arrugas que surcaban su rostro, delataban que no era un hombre joven, pero tampoco aparentaba los sesenta años que tenía. Estaba algo demacrado y seguía con la cara de susto. Su secretario ya le había puesto al tanto de quienes eran los visitantes, así que les invitó a sentarse en la mesa a su alrededor. Tras preguntarles si querían café, y servir su secretario a quienes aceptaron, un silencio ocupó la estancia, hasta que Caraqueño, como la mayor autoridad que allí se encontraba pidió que les relatasen los hechos.

Tomó la palabra el secretario que comenzó explicando como se había recibido una llamada hará unos veinte minutos. En esa llamada, un desconocido informó a Don Fulgencio que habían raptado a Isabela, su sobrina, y que querían seis mil euros en una hora. Don Fulgencio respondió que no tenía dinero en casa y que le costaría más tiempo el conseguirlo. Le contestaron que entonces no vería más a su sobrina, y como diera aviso a la policía, tampoco. Estarían vigilándoles y le llamarían en media hora para acordar los términos definitivos y colgaron.

Tras acabar su exposición todos miraron al juez interrogándole con la mirada sobre el siguiente paso que a dar. Caraqueño miró a Gómez, el único que tenía cierta experiencia y éste comenzó a hablar

-       Nos quedan diez minutos hasta que llamen de nuevo. La primera regla en estos casos es evitar que conteste al teléfono una persona emotivamente implicada como es Usted, Don Fulgencio. No está en una posición óptima para tratar este tipo de asuntos cuando hay una implicación tan personal. No les conozco, pero entiendo que si a Usted le parece bien, la persona mejor para contestar la llamada es su secretario.
Asintió con la cabeza Fulgencio lo que Gómez interpretó como que podía continuar con su exposición.

-       La segunda regla de oro es no aceptar sus condiciones de inicio. La razón no es otra que si se cede fácilmente, volverán a llamar pidiendo más. No se trata de regatear, sino de ganar algo de tiempo. Eso ya lo ha hecho Usted, pero Alfonso tendrás que dar alguna excusa del tipo que no tenéis ese límite en el cajero, que es Sábado y no hay nadie en el banco
-       Yo nunca llevo dinero en efectivo. En el pueblo pasa a pagar luego Alfonso, y si ando por ahí, utilizo tarjeta – terció Fulgencio – En cualquier caso ya he avisado al director del banco y se dirige a la sucursal para darnos el dinero que nos haga falta.
-       Vale – y dirigiéndose a erre erre le dice - ¿podrías ponerte en contacto con él para que los billetes que facilite tengan números que podamos identificar?. En caso de hacer el pago, siempre podremos seguir los billetes.
El sargento le miró a los ojos, chascó con la lengua mientras hacía una pistola con su mano que le apuntaba, y se dio la vuelta pidiendo a Alfonso que le diera el número del director, que tras apuntarlo directamente con el teclado de su teléfono móvil, tocó la tecla de llamada saliendo de la habitación para hablar con el bancario.

-       Bien, el siguiente paso – dijo Gómez, consciente de que la llamada se podía producir de un momento a otro, pasándose su pañuelo por la frente ya que estaba empezando a sudar – es pedirles que nos den una prueba de vida
-       ¿Una prueba de vida?
-       Sí, es básico. Tienen que darnos algún dato que sólo pueda conocer su sobrina. Sin ese dato, no sabremos si sigue viva, incluso ni si la tienen. ¿hay algo que sólo pueda conocer su sobrina?
Fulgencio se rascó la nariz, en un gesto más bien nervioso y caviló durante unos segundos que se hicieron eternos para los presentes, conscientes como eran que cada vez quedaba menos para la siguiente llamada

-       Ful – exclamó Fulgencio

Ahora se pone a pensar en jugadas de póker, meditó para sus adentros Peru, siendo capaz de mantener un rictus serio, mientras por dentro se reía de la chorrada que se le acababa de ocurrir

-       ¿Ful?
-       Si, cuando hizo la primera comunión, le regalé un cachorro de pastor alemán al que le puso de nombre Ful. Eso fue hace unos veinte años.
-       Vale, esa puede ser la pregunta, ahora sólo nos queda esperar
-       Pero, ¿no se puede hacer algo más? ¿Localizar las llamadas, o algo así?
-       No es tan fácil, hay que mandar un oficio a la compañía telefónica, que la autorización la de alguien dentro de la compañía. Puede llevar unas horas o más, no olvidemos que es fin de semana. Por cierto, voy a llamar a Úrsula para que traiga papel de oficio y el sello del juzgado. Supongo que aquí tendrán ordenadores e impresoras
Asintió con la cabeza Alfonso y esperaron a que Caraqueño hablara con su secretaria. Cuando termino, erre erre preguntó que es lo que estaba haciendo la chica cuando desapareció. Carraspeó Fulgencio y comenzó a contar que Isabela era la hija de su hermana, pero que llevaba viviendo unos años con él, ya que tras acabar la carrera comenzó a trabajar en su fábrica de tapicerías de lujo para coches. Era una buena chica, muy aficionada al cine y solía aprovechar los Sábados para ir en coche a la capital, con un par de amigas, para ver una, y a veces hasta dos películas por la tarde. Luego solían quedarse a tomar algo por ahí, pero era una chica bastante formal, sin novio o pareja conocida, así que rara era la vez que llegaba a casa más tarde de medianoche. Tomás el chófer continuó comentando que la chica le había dicho que esa tarde iba air sola, ya que quería ver una de Bond en la que trabajaba el Bardem y sus amigas no habían querido acompañarla ya que no las llamaba en exceso el cine de acción, y menos las películas del James.

-       Esa ya la vi yo- dijo Peru – era bastante larga. Creo que desde los diez mandamientos no había estado en una película con intermedio.
-       - ¿Tan larga?-  musitó Gómez pensativo

El chófer cogió un periódico y tras hojearlo dijo que casi era de ciento ochenta minutos. Una idea comenzó a dar vueltas por la cabeza de Gómez.

4 comentarios:

  1. Yo juraría que fui a ver la de James bond y no tenia intermedio!

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  2. Te dormiste. Fue muy comentado en tu familia

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  3. Difícilmente. Nadie de mi familia va conmigo al cine ni a ningún otro sitio fuera de casa. Les da verguenza

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