viernes, 31 de enero de 2014

El cazador de Potes

El cazador de Potes

Comenzaba a clarear en aquella fresca mañana primaveral, cuando José a lomos de su caballo llegó hasta la fuente del cruce. Dejó a su caballo abrevar y esperó que se acercase su hijo, también llamado José. Tenía trece años, y aquella mañana estaba encantado de acompañar a su padre en su incursión por las tierras de los Mendoza. Montaba el chaval un caballo pintoal que también dejo saciar su sed en la fuente. Este, quizás en señal de ancestral respeto hacia los mayores espero a que saciara la sed primero su camarada, metiendo luego él la cabeza en el pequeño abrevadero que había junto a la fuente para alivio y refresco de las monturas. José padre esperaba con los pies todavía en el suelo a que el noble bruto de su hijo terminara. Ahí le preguntó por donde debían de seguir el camino,

Éste sonrió por la confianza que pensaba le daba su progenitor y recordando sus enseñanzas se acercó hasta uno de los bordes del camino y arrancó un puñado de hierba. Antes de que hiciera nada, su padre le reprendió levemente, aconsejándole que nunca soltara las bridas de su montura, por precaución más que otra cosa, ya que cerca del bosque un imprevisto que pueda asustarla no era tan extraño y regresar al pueblo habiendo perdido el caballo, siempre era motivo de chanza que podía durar muchos meses. Se quedó algo cabizbajo el mozalbete pero una caricia de su padre en el pelo le devolvió de nuevo la confianza. Arrojó el puñado al aire que acabó siendo llevado por la brisa matutina hacia la izquierda del chaval. Este señaló en dirección a la derecha y le dijo con absoluta seguridad, “ese es el camino que debemos de seguir, padre”.

José sonrió y subió a su montura, imitado por su hijo. Y mandando con una suave presión de sus piernas, se metieron por el bosque que bordeaba el camino. Recorrieron a trote ligero, sin hacer mucho ruido aproximadamente durante una hora. José llevaba colgada en su espalda su escopeta de caza, con el cañón mirando para arriba, señal de que ya estaba cargada, por si fuera necesario bajarse rápido del caballo y realizar un disparo rápido. Su escopeta de avancarga no era especialmente complicada de recargar, pero eso siempre llevaba algo de tiempo. Cerca de donde se abría un claro, el jinete paró a su caballo y lo hizo andar paso a paso, hasta que se asomaron al claro. Ahí le hizo una seña a su hijo y ambos descabalgaron.
José dejó las bridas de su caballo a su hijo y salió al claro del bosque. El hijo se quedó en el linde, dejando que los dos caballos pastasen mansamente. El cazador avanzó confiado ya que su hijo se quedaba al cuidado de los caballos para evitar que alguna alimaña los asustase. Armado con un cuchillo y un palo largo y grueso con forma de cachiporra, sabía que era suficiente para ahuyentar a cualquier animal que se acercara con malas intenciones, además de  la opción de huir a caballo. Siempre había sido una buena táctica no dar de comer a los caballos antes de salir a cazar, ya que mientras se acechaba la presa, éstos se quedaban triscando mansamente en cualquiera de los verdes prados con abundantes pastos del valle de Liébana.

El cazador siguió andando a través del bosque de robles en dirección contraria a la que soplaba el viento para no ser detectado por sus futuras presas. Iba despacio, sin hacer ruido, hasta que llegó a un gran tronco caído tras el que se ocultó. En una de las ramas, apoyó discretamente su escopeta y se quedó observando por el punto de mira, un pequeño vado de un arroyo, donde sabía que venían los ciervos por la mañana a abrevar. En esa postura, en el más absoluto de los silencios y con la seguridad que le daba el saber que no iba a ser detectado por el olor se quedó esperando.

Al poco tiempo, entre las hojas de los árboles asomó la cabeza de un ciervo. Pareció que miraba para todos los lados, como si comprobara que no hay peligro. Las ropas ocres de José se camuflaban perfectamente con el marrón oscuro del árbol caído, incluso pareciendo el cañón de la escopeta la punta de una rama. Y José sabía que los animales se guían más por su olfato, que por su vista, así que no estaba preocupado. El ciervo salió de la espesura del bosque, una hembra, y justo a su lado dando saltitos cortos apareció un pequeño cervatillo.

La emoción se apoderó del hombre. Justo ayer por la tarde, Guillermo de Mendoza, propietario de las tierras de Liébana, y dueño de una casona en Potes, le había pedido que matara alguna pieza tierna, ya que tenía de invitado a Jesús, el violinista, un afamado profesor, natural de Potes, pero afincado en Madrid, donde tenía un gran prestigio y daba clases en el conservatorio. Llegaba en una semana, el tiempo justo para dejar la carne a la intemperie para que alcanzara el punto justo de reblandecimiento. Siguió totalmente inmóvil a pesar de la emoción que lo embargaba y sabiendo que de ser la pieza del gusto de Mendoza, le dejarían escuchar alguna de las interpretaciones con la que el músico regalaría a sus anfitriones.

La distancia la tenía perfectamente calculada. Había metido la cantidad de pólvora necesaria para que la bala de plomo, grande como una canica, atravesara el aire, hasta encontrarse con el blanco, generalmente la cabeza del ciervo, y lo derribase sin atisbo de compasión alguna. De haber sabido que iba a ir a por un cervatillo, hubiera usado una bala de plomo más pequeña. La hembra miró vigilante, esperando que su cría terminara de abrevar para acercarse ella. El cervatillo quedó de pie junto a su madre, quieto y fue cuando José apuntó a la cabeza del animal. Tuvo la cabeza en la punta de su mira y tomando como referencia el lomo de la madre subió un centímetro la mira adecuando la puntería a la distancia. El cervatillo seguía quieto y decidió aprovechar su oportunidad. Si fallaba el tiro, podía volver a Potes con las manos vacías. No vaciló y apretó el gatillo.

La cabeza de la cría reventó mientras la madre daba un salto, pero sorprendentemente no huyó. Le sorprendió a José, que cuchillo en mano se irguió detrás del tronco y cuidadosamente se acercó a los animales. Un grito desgarrador atravesó el bosque, como si fuera un macho en plena berrea. Era la madre que acababa de darse cuenta de la pérdida de su cría. José seguía sorprendido de que no huyera. Tampoco se abalanzó sobre él. A pocos metros descubrió la razón. Tenía una pata destrozada y ante la imposibilidad de huir se estaba poniendo entre su cría y el cazador en un último intento desesperado por evitar que éste se cobrara su presa. José nunca se había encontrado en una situación como esa, pero tampoco pareció preocuparle mucho. Depositó con suavidad la escopeta en el suelo y sacó su cuchillo de la funda. Fue de cara hace el ciervo que le lanzó un derrote con la cabeza. Con un movimiento ágil se puso detrás de la cabeza del ciervo y agarrándole de la quijada con una mano, con la otra le hundió el cuchillo en el cuello, degollándolo con suma facilidad. La hembra mugió con fiereza, José la soltó, aguantó erguida unos pocos segundos y cayó al suelo mientras se le escapa la vida por el cuello.

A lo lejos se oía el ruido de cascos que poco a poco se iban acercando. Por pura precaución volvió a cargar su escopeta, un pulgar de pólvora, un trozo de papel, la redonda bala de plomo y otro trozo de papel. Emiliano, el guardés de los Mendoza, le había hablado de unos rifles en los que se podían meter cinco cartuchos seguidos. De hecho, Guillermo le había enseñado un cartucho, con la vaina metálica y le había comentado que había encargado uno a un armero de Eibar, que lo probarían cuando se lo diesen, ya que no conocía a nadie con más puntería que él. Antes de que llegase su hijo con los cabellos, procedió a rajar el vientre de uno de los animales para vaciarle de vísceras.

Su hijo llegó, ató los caballos al tronco de un árbol y se acercó hasta su padre. Ya había vaciado de vísceras al animal y había seccionado la cabeza para poder transportarlo con más comodidad. Con un gesto con la cabeza, indicó a su hijo que hiciera lo propio con la cría. Rápidamente se abalanzó sobre ella con el cuchillo en mano y empezó a hacer lo que ya había visto hacer varias veces a su padre. Tras cargar el ciervo en la grupa, observó como trabajaba su hijo. No lo estaba haciendo mal, pero justo al final se hirió levemente con el cuchillo en la mano. Ladeó la cabeza con una media sonrisa y con un ademán le señaló el agua del arroyo para que se limpiara la herida mientras el terminaba con la cría y la cargaba en la grupa del pinto. Se le acercó, le tomó la mano y le ayudo a limpiársela. Era un corte no muy profundo, pero que había que tratarlo con cuidado. Cuando llegasen al pueblo habría que volver a limpiarle la herida y tratarla con algún ungüento. Sacó un pañuelo limpio y le tapó la herida para que no le lastimase mucho el agarrar las riendas. Terminada la preparación de las piezas, ambos montaron y comenzaron a alejarse del lugar.

Llevaban un trecho recorrido cuando un ruido como si estuvieran escaldando un gato resonó por todo el bosque. Pararon los caballos y tras el grito se escuchó el rumor de una discusión. Parecía que venía del vado. José dio la vuelta a su caballo y se dirigió hasta allí, indicándole a su hijo que fuera tras él guardando una prudente distancia. Cuando salió de la espesura hasta el claro junto al vado, no dio crédito a lo que vieron sus ojos.

Eran tres individuos de baja estatura, vestidos con una especie de toscas sotanas de color tierra, rematadas por un gorro que los tres llevaban puesto. Una raída cuerda a la cintura ayudaba a sujetar la pobre vestimenta, Uno volteaba una especie de gato por encima de su cabeza que soltó en cuanto vio llegar al jinete, mientras los otros dos estaban separando las vísceras de los animales para llevarlas hasta un pequeño fuego. También se detuvieron cuando sintieron la presencia del cazador. Uno de ellos dio dos pasos al frente, mientras los otros dos se quedaban detrás del que parecía el líder. Este levantó su cabeza hacia donde estaba José. Sus ojos estaban vacíos, era un hombre ciego. Agachó la cabeza en señal de sumisión y extendiendo la mano le dio a entender que le devolvían las vísceras. José se dio cuenta que eran frailucos. Vivían en una casona en ruinas a los pies de los picos de Europa y destilaban una especie de alcohol de las raspas y pieles de las ácidas uvas del valle. Se decía que aquel alcohol lo bebían y que acababan quedando ciegos, lo que después de ver al jefe de la partida, empezó a considerar como cierto. Pero también sabía que tenía otras utilidades aquel alcohol destilado.


“¡Ahh!” gritó José hijo mientras su padre derramaba sobre la herida en la mano parte de aquel líquido que le había proporcionado el frailuco a cambio de las vísceras. Le miraba furioso mientras su padre sonreía. Sabía que aquel corte que se había hecho con el cuchillo no se infectaría jamás.

6 comentarios:

  1. Mas bien el cazador de Cillorigo de Liébana o de calameño, porque no creo que nadie originario del noble municipio de Potes se permita malutilizar de forma tan absurda el codiciado destilado de los frailucos!!. Flipadeison me he quedado de que des tan malos consejos Gateaosaba. Flipadeison!!

    ResponderEliminar
  2. Mas bien el cazador de Cillorigo de Liébana o de calameño, porque no creo que nadie originario del noble municipio de Potes se permita malutilizar de forma tan absurda el codiciado destilado de los frailucos!!. Flipadeison me he quedado de que des tan malos consejos Gateaosaba. Flipadeison!!

    ResponderEliminar
  3. Va por duplicado para que se genere a ilusión de multiplicar el numero de lectores

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Ay Rasputilla, Rasputilla! En cuanto tu cerebro ha asociado pellejo de uva y alcohol, te ha entrado el famoso tembleque. Por cierto, los frailucos estaban ciegos.

      Eliminar
  4. Por cierto,vete haciendo acopio de más orujo, que la siguiente entrada (espero que esta semana) te va a dejar más todavía. Llega "El cazador de Portes" en un recorrido por la geografía cantabrica de este a oeste.

    ResponderEliminar
  5. No vas a meter tu más comentarios que yo..............

    ResponderEliminar