El cazador de potes
Una figura
cuadrada se dejaba subir lentamente por las escaleras de la estación de
metro de Algorta. Era prácticamente un cuadrado y sobre sus espaldas se veía
una cabeza también cuadrada, con pelo negro algo lacio. De lejos parecía una
figura imponente, pero según te acercabas te dabas cuenta de que precisamente,
Pontxi, no era un tío más bien grande, Mirado por delante, salvo una mirada
llena de determinación, el resto era más bien pobre, tirando a vulgar, Una
chaqueta de pana oscura, a juego con sus ojos, camisa de cuadros oscura, atada
salvo el botón del cuello, pantalones oscuros y zapatos negros. Pómulos
salidos, ojos saltones, cejas pobladas y nariz tipo porra, sonrosada en su
cresta
Según salió del metro, giró a la izquierda
con la vista fija en la esquina de la calle Amesti mientras se metía la mano en el
bolsillo, tocando sus quince monedas de dos euros. Seguía el consejo de Tomás,
su guía y mentor “Cuando vayas a tomar potes a una zona que no conozcas, lleva
un número de monedas de un euro igual a los potes que vayas a tomar. Con ellas
podrás pagar cada pote sin tener que preguntar que es lo que cuesta” y dicho
esto, Tomás lo remataba con un “preguntar lo que vale un pote es de chiquitero
lechuguino fin semanero”. Claro, que Tomás hacía unos años que había pasado
a mejor vida, y ya, salvo en zonas muy concretas, los tintos subían del euro, y
algo más en zonas como la que iba a recorrer hoy.
Llegó hasta Basagoiti, y miró a su
alrededor, hasta que decidió entrar en el irlandés, primer bar de los cuatro de
aquella plazoleta. Entró y con satisfacción contempló que la barra tenía un
reposapiés, donde puso uno de sus pies, mientras con algo de esfuerzo, ya que
como hemos dicho, Pontxi no era de estatura media, se acodaba en la barra con
pose de bebedor, y sacando una moneda de su bolsillo, pedía un tinto. Un
observador imparcial hubiese apostado tras ver el inicio del gesto con el que
iba a depositar la moneda en la barra, lo haría con la contundencia de un
empedernido jugador de dominó, depositando fieramente la ficha sobre la mesa
de mármol, para cerrar la
partida. Pero no fue así, probablemente por su timidez, o
porque le parecería que un golpe seco en la barra no casaba mucho ni con el
lugar, ni con la parroquia presente. Ralentizó su mano a escasos cinco
centímetros de la barra y depositó con suavidad su moneda de dos euros. Ya sólo le
quedaban catorce bares (salvo que como en más de una ocasión, acabase de matar
las vueltas, pasando de la veintena de potes).
Tomás siempre le explicó que cuando le
sirvieran el tinto en copa de vino, había que cogerlo entre el pulgar y el índice por la base y mirarlo con
interés antes de pasarlo a la otra mano y comenzar con el trasiego. “Eso es de
clase”. Bien es cierto que en la mayor parte de los bares del triángulo de las
Bermudas (“porqué aquí es donde desaparece misteriosamente parte de la paga”
mascullaba entre dientes Tomás), los vasos eran los clásicos de pote de toda la
vida, pero ya alguna tasca de Gordóniz les ponía copa. Pontxi siempre se había
imaginado el poder coger la copa con la base y mirar su contenido, tocado con
la clásica boina negra, pero una vez que confesó su pensamiento a su amigo,
éste le miró muy serio y le espetó “Alfonso”, sólo le llamaba por su nombre
cuando tenía algo serio que decirle, “a ti la boina parecería que te la
hubiesen metido a rosca”, por lo que tuvo que desechar la idea de su cabeza si
quería seguir compartiendo rondas con su amigo por Zugastinobia.
Cuando entró en la quinta tasca, una
pequeña nube de calorcillo en el estómago le hizo tener la sensación de que
estaba levitando en vez de andar por el suelo. Repitiendo el ritual con la pose
y poniendo la moneda en la barra, pidió otro vino tinto, quedando algo
contrariado por no existir reposapiés en la barra del bar. Miró a su alrededor
hasta que descubrió una pizarra donde venía una lista a modo de carta de
hamburguesas de todo tipo y clase. También había algunos pinchos sobre la barra,
pero se quedó con la sensación de que aquel bar se lo podía haber saltado, ya
que parecía más una hamburguesería que una tasca, corroborado porque en una esquina, una parejita
de adolescentes que compartían caricias y las babas en una hamburguesa. Se dibujó en su cara una mueca de preocupación mientras
cogía las vueltas, mueca que desapareció tras entrar en el bar un cuarteto de
chiquiteros pidiendo de carrerilla su ronda de vinos, probablemente el que
llevaba el bote. De dos tragos terminó su copa y salió a Basagoiti. Según pisó la
calle sacó de su bolsillo algo del tamaño de un polvorón envuelto en celofán, y quitando rápidamente el envoltorio se lo metió en la boca. Mientras lo
masticaba, se cubría con su mano, ya que el tamaño de su escarabajo,
aunque no muy grande, ofrecía alguna dificultad para deglutirlo.
Ahí estaban sobre la barra, los auténticos
escarabajos de la Casilla, media patata pequeña cocida, a modo de casco, un
trozo de cebolla dulce con una peluca de hoja de lechuga. Unidas por la
soldadura de un palillo, con tres o cuatro lascas de sal gorda y cinco gotas de
vinagre peleón. “¡Ahh!” exclamaba Tomás cuando los veía perfectamente alineados
en un plato de loza blanco. “Mira Pontxito” que así era como se dirigía su
mentor cuando adoptaba un aire paternalista “los poteolaris”, nunca le había
gustado el nombre de chiquitero o poteador “cuando vamos de potes, vamos a
potes, y cuando vamos de banderillas, vamos a banderillas, pero nunca ha sido
de buen gusto el mezclar ambas cosas”. Y justo cuando decía eso, apoyaba su
bastón en la barra, para atacar con las dos manos el escarabajo, con una cogía
el palillo y la otra la dejaba a modo bandeja debajo, por si caía algo, para
aprovecharlo entero. “Pero esto, Pontxito, es otra cosa. Nosotros para asentar
el vino, necesitamos tomar algo contundente, que no sea caro, y de bocado.
¡Esto si se puede consentir durante un poteo!”. Pontxi asentía entonces con la
cabeza, aunque ya después de unos años, sospechaba que Tomás cambiaba sus
inmutables reglas a conveniencia.
Como ya era raro encontrar escarabajos en
las barras de los bares, Pontxi se los llevaba desde casa, de tres en tres,
envueltos como si fueran una gloria o una fruta de Aragón, y aproximadamente
cada cinco potes se tomaba uno, para no acabar excesivamente tambaleante,
aunque dada su corta estatura, cuando tenía problemas de equilibrio, más bien
parecía que tenía una forma de andar como a cámara lenta. A pesar de haberse
trampiñado ya uno, notaba que le estaba afectando algo más que otros día, y que
quizás un botellín de agua no le vendría mal, pero mientras entraba a por su
octavo pote, intentó quitar esa tentación de su cabeza ¡Hizo una promesa y
tenía que cumplirla!
Más de una vez intentó Pontxi sacar a Tomás
del triángulo de Autonomía, Gordoniz y la Casilla, pero todos sus esfuerzos
fueron vanos. Además, cada vez que se lo insinuaba, parecía que luego a Tomás
le costaba andar más, y que exageraba su cojera “Pontxi, yo ya no puedo moverme
mucho. Ya sabes que me dieron la invalidez, y a pesar de que me encanta salir
de ronda contigo los fines de semana, no puedo alejarme mucho de mi casa, ya
que el agotamiento me puede venir en cualquier momento y no están los tiempos
para gastar en tasís”. Pontxi era algo escéptico a este respecto, ya que cuando
de ciento en viento le invitaban a un partido a San Mamés, ni cojera ni nada, y
luego cuando volvía del partido, le faltaba poco para llamarle, y más que
agotado, parecía que le habían metido un chute de algo, porque llegaba
imparable. ”Pero si quieres ir a otras zonas” y ponía cara de profunda tristeza
y soledad “no te preocupes, ya me quedaré solo por aquí”.
Efectivamente. Tenía cara de haberse
mareado algo, así que salió a la calle y se sentó en el banco que habían puesto
fuera los del local para que se pudiera fumar. Era un banco apoyado en la
pared, pero un poco alto, por lo que más que sentarse, apoyó la parte alta de
sus posaderas ya que se imaginó a si mismo sentando y con las piernas colgando,
una postura un poco ridícula a esas horas de la tarde, cuando la avenida de
Basagoiti se encontraba en pleno apogeo de paseantes. Ya cierta cantidad de
neblina y telarañas poblaban el cerebro de nuestro amigo, con lo cual no se
planteó la posibilidad de estar haciendo el canelo, mientras se auto convencía
y motivaba para seguir adelante con su promesa.
“Si quiere salir un rato, hermana, a tomar
algo, o el aire, no se preocupe que yo me quedo con Tomás”. La monjita, aunque
con cara de desconfianza, al llevar todo el día velando a su hermano, le dejó
a Pontxi en la habitación mientras ella dijo que iba a tomar un poco el aire. Cuando se aseguró que la monja ya había
bajado a la calle, y sin ninguna enfermera a la vista, sacó del
bolsillo de su abrigo una botella pequeña de CVNE, de las del avión, la abrió y
se la dio a Tomás, que tras mirarla con cara de placidez, se la pimpló en un
pis pas, pasando el casco vacío a su amigo, quien le volvió a poner el tapón de
rosca mientras la escondía en los inmensos bolsillos de su viejo abrigo. Tomás
se recostó de nuevo en la cama con cara de satisfacción y con un gesto con la
mano le pidió a Pontxi que se acercara a la cabecera. Con voz
fatigada le dijo “¡Ay amigo! Cuando salga de esta, empezaremos a salir por
otras zonas, iremos a cazar los mejores potes de Bizkaia”. Lo que Pontxi no
sabía, ni siquiera se imaginaba es que esa misma noche entraría en coma, del
que ya no despertaría más. Eso sí, la monjita le dijo que después de su visita,
parecía mucho más feliz.
Ya un poco más despejado, miró a su
alrededor para ver si había alguna fuente cercana, por calmar su sed. Aunque no
recordaba haber pedido nunca un botellín de agua, no faltaría a las
reglas sagradas si tomaba algo de agua de una fuente pública. Pero no vio
ninguna cerca, así que siguió adelante con su cometido, pero tenía una duda.
Tras el siguiente bar, tenía dos opciones, o bajar hasta el Puerto Viejo, o
seguir por Torrene hasta la
estación. Estaba algo vago, y presentía que era mejor bajar
hacia el metro, ya que si iba hasta el Puerto Viejo, luego tendría que subir de
nuevo, o andar más de media hora hasta la estación de Gobela (Buenas tascas en
Romo, si señor). ¡Bah!, ya lo pensaría mientras dilucidaba si se tomaba otro
mini escarabajo, opción que no escogió tras reflexionar que sería mejor hacerlo
ordenadamente, es decir después de tomar el pote diez, para lo que quedaban
todavía dos tascas.
Allí en Derio, tras escuchar el “con
permiso de la familia” y mientras introducían el ataúd en su cubículo para la
incineración, siendo él una de las tres personas que despedían a Tomás, juró
que cazaría para él todos los potes de todos los bares de Bizkaia. Y dicho y
hecho. a partir del Sábado siguiente por la tarde (Los Domingos tenía que llevar a
su anciana madre a misa y a la tarde organizarle la partida de julepe) empezó a
dedicarse con ahínco a cumplir su promesa. Llevaba ya cuatro años, la margen
izquierda cazada, y la derecha a punto de caramelo. Con algunos sustos en zonas
no muy recomendables, pero tenazmente, desde aquel día, Pontxi iba cazando
potes en homenaje póstumo a quien quizás fue su único amigo.
Cuando entró en la siguiente tasca, que
tenía el letrero de pintxos a 1 €, el único hueco en la barra era junto a una
mujer sentada en una banqueta. Era rubia, con el pelo corto y rizado, y sentada
en la silla tenía un tipo, digamos que recto, aunque el culete deformado en la
silla le daba un aspecto, digamos que singular. Pontxi se quedó un segundo
dudando si ocupar el hueco junto a la chica mientras observaba sus posaderas.
Tampoco lo pensó mucho ¿Qué le iba a pasar?, así que con su ritual se acercó a
la barra, puso su codo sobre la misma y pidió un vino. Entonces la mujer le
empezó a hablar. Se azoró de tal manera que olvidó sacar su moneda de dos euros
para pagar, así que intentó beberse el vino corriendo y salir huyendo, pero el
camarero se había metido en la cocina, y porque una tía le hablase, no iba a
dejar los dos euros en la
barra. Potealari sí, pero potro también. Así estaba
intentando disimular que aquello no iba con él, cuando ella lo agarró del brazo
y le preguntó algo. A Pontxi ya no le quedó más remedio que mirarle a los ojos.
Ella era algo regordeta, con ojos azules y pómulos excesivamente espolvoreados
de colorete. Los dientes no eran de un blanco prístino que digamos, pero
aparentemente era limpia, y algo cotorra. Bueno, muy cotorra. Pontxí sintió como sus mejillas
también se sonrojaban y sintió ese mismo calor en las puntas de sus orejas. Como
no sabía como salir de aquello y podía parecer algo brusco el soltarse de ella,
se quedó contestándole con monosílabos.
“Pontxete” balbuceaba Tomás cuando ya la
lengua se le había vuelto casi de trapo tras un gran trasiego de vino sin
denominación de origen (conocido antiguamente como peleón) ”puedes pedir pote,
zurito, mosto, pote o sí quieres introducir hasta un marianito, pero para un
poteo serio, nunca hay que ir con mujeres”. Recordaba especialmente aquel día
en que se cruzaron con un grupo de cuarentonas que celebraban lo que parecía
una despedida de soltera. “Ves Pontxete, nunca verás un grupo de chiquiteras en
toda la ciudad, como mucho, en cuadrilla, cuando hacen fiestas de estas, con
antenitas en la cabeza con forma de pitilín y borrachas con dos vinos. Si vamos a
potes, vamos a potes, y si vamos a tías, vamos a tías, pero nunca hay que
buscar distracciones en una poteada seria”.
Nunca supo como sucedió pero tras ser
invitado a tres potes por la rubia, ésta le sugirió que siguieran en el
siguiente bar. Salieron a la calle y ella le cogió de la mano. Notó como algo
se movía dentro de sus pantalones, pero seguía totalmente atolondrado, con punta de las
orejas ardiéndole. Estaba totalmente confundido. Ella lo llevó a un vietnamita
cercano donde pidió una coca cola con ron. Pontxi, sin poder reaccionar pidió
lo mismo. Ella, de cuyo nombre todavía no se había enterado, llevaba una
considerable castaña, que hizo que se excusara un momento para ir hasta el baño
de tías. Cuando acababa de entrar, se oyó el ruido de una caída, lo que hizo
que ante un movimiento de cabeza del barman, Pontxi se acercara hasta la puerta
para preguntar a su inquilina si se encontraba bien. Lo que oyó tras pegar la
oreja a la puerta fue el sonido de una persona que se encontraba vomitando
violentamente. Entonces el pánico se apoderó de Pontxi, que ya sólo pensó en
huir (además de que le tocaba pagar la ronda). Le hizo un ademán al oriental
que estaba detrás de la barra que salía a fumar. Ya en la calle, pies para que
os quiero. Bajó a la máxima velocidad que le permitieron sus cortas piernas,
pero sin llegar a correr para no llamar mucho la atención y sólo cuando llegó a
la estación del metro, miró hacia atrás, con alivio al no ver ni rastro de alguien
vestido de rosa.
El Sábado siguiente, cuando el metro pasó a
media tarde por la estación de Algorta, Pontxi miró con cierto recelo por la
ventana, pero no vio a su amiga rubia. Aun así no quedó aliviado del todo hasta
llegar a la estación de Berango. Ese día iba un poco más pronto de lo habitual
para iniciar su cacería y llevaba veinte monedas con el fin de recuperar los
potes perdidos del fin de semana pasado. Eso sí, por una temporadita no iba a
pisar Algorta ya que no estaba del todo satisfecho de su comportamiento con la
chica de rosa, y tampoco estaba preparado para volver a encontrarse con ella,
por lo que decidió dejar un par de pueblos en medio por si acaso y seguir con la
conquista de la margen derecha desde Sopelana. Estaba seguro que Tomás
aprobaría su medida, puesto que su mejor enseñanza fue la flexibilidad a la
hora de tomar potes. Eso hacía que ellos fueran potealaris y no comunes
chiquiteros.
Welcome back writer
ResponderEliminarWait for the next one, man. Surprising title.
ResponderEliminarFlipadeinson te vas a stay, Rasputilla, flipadeison