¡VIVA EL KING!*
Tras
haber pasado el fin de semana con sus dos niños, parejita que ya rondaban los
diez, y después de habérselos colocado a la ex a una buena hora, las siete de
la tarde, para que comenzaran el camino a los quince días de campamento
veraniego, el pánfilo de Ernesto tenía esa media sonrisa pérfida que emanaba de
su satisfacción por haber racaneado su parte en el pago de esos quince días de
vacaciones de sus vástagos “Nos han metido un ERE de quince días y no tengo
nada de pasta” se excusó pensando y saboreando adicionalmente en que le
fastidiaría a la otra las vacatas que se iba a calzar con su sustituto.
Mientras acariciaba en su bolsillo los cuatrocientos euros que le acababa de
tangar, bajaba desde Alangos con dirección a Artaza, con la sana intención de
pegarse una buena riada de tragos ¿Porqué Artaza y no Algorta, que le pillaba
más a mano? La razón era muy sencilla, ya que el más afamado putetxe de la
margen derecha se ubicaba en un extremo del barrio que unía Leioa con Neguri.
Lo que no podía evitar Ernesto, fruto de una educación en colegio de curas de
la época de Franco, era azorarse ante la perspectiva de una visita a un lugar
donde sólo se le miraría el grosor de su cartera para hacerle compañía y reales
sus más lujuriosos pensamientos. Para evitar ponerse rojo ante cualquier atisbo
de el acercamiento de una pilongui, Ernesto tenía la costumbre de libarse unos
cuantos rones con coca cola en las tascas de Artaza camino del putetxe, en
parte para vencer su timidez, o recato, y en parte para no encontrarse con
conocidos y tener que compartir rondas, ya que este hombre era también de
natural tacañete.
Para
evitar fatigarse en exceso, aunque fuera cuesta abajo, Ernesto planeó hacer su
ruta cogiendo el ascensor o pequeño mini funicular que se desliza por la ladera
de Aiboa, uniendo la estación de metro con la calle Txakursolo, paralela a la
amplia avenida de los Chopos, arteria vital del moderno barrio getxotarra de
Aiboa. El ascensor en cuestión se deslizaba por unos raíles sobre un talud para
salvar algo más de un diez por ciento de desnivel, o hablando en plata evitar
ochenta y seis escaleras, o una cuesta de cuarenta metros de longitud al diez
por ciento de desnivel. La cabina contaba con una serie de comodidades fruto de
las peticiones pre electorales, que son las únicas que tienden a funcionar en
un sistema que sólo examina a sus elegidos cada cuatro años. Fruto de una de
esas peticiones, los cristales se pusieron tintados ya que uno de los
protestones habituales se quejó que en los días soleados, el metal del cubículo
donde comienza a subir el aparato, reflejaba el sol de tal manera que le había
cegado momentáneamente. Ernesto fantaseaba con traerse un día a una de las
chicas para montarse algo en el ascensor, ya que desde fuera no se veía nada.
¡Y tampoco se oía!, fruto de otra protesta se insonorizó el cubículo, lo cual
para Ernesto era una pena ya que los gritos de placer de la otra retumbarían en
la noche getxotarra. ¿Era Ernesto un observador?. No, básicamente estaba
recordando un artículo sobre el mecanismo que apareció en la prensa local la
semana anterior, resaltando aquellas novedades. Lo que no recordaba era a
cuento de qué se había publicado, y desde luego el artículo no hacía mención
alguna al origen de las mejoras, era cosecha propia de Ernesto cuya credulidad
para muchas cosas no incluía las promesas electorales.
Ya
en la avenida de los chopos, justo al cruce con la avenida de leioa, giró a su
izquierda para afrontar el puente sobre la autovía. Tuvo una duda, sobre si
empezar con su solitario tasqueo en el hotel que hace esquina en esas dos
avenidas, pero un recuerdo sobre alguien que solía parar por allí y el no saber
esquivar preguntas como “¿qué haces por esta zona?” sin ponerse rojo o la
posibilidad de tener que hacer frente a una ronda le frenó comenzar su trasiego
en ese hotel, y esperó a estar al otro lado del Gobelas. Cuatro cubatas después
ya se encontraba con los ánimos suficientes para dirigir sus pasos a la entrada
de la casa de citas, o como era conocida entre los puteros, la japi jaus. El
portero, de considerables dimensiones, al reconocer a Ernesto, no dudó en
abrirle de par en par las puertas.
…………………..
“¡Joder!¡No
me queda ni para el taxi!” balbuceó atropelladamente tras pagar el último ron
con coca cola. Las dos profesionales a las que no había dejado de agarrar por
el talle desde su arribada al local, comprendiendo con ese sexto sentido que
les ha dado los años de oficio y viendo que allí no había más que rascar, se
retiraron a por mejores objetivos procurando no herir en exceso a su antiguo
cliente. Para cuando Ernesto se dio cuenta, había entrado a lo grande
juntándose con dos nenas, de que ya no le quedaba dinero para subir con una de
las chicas, siguió invitando a champán a sus parejas, lo cual tampoco le duró
mucho. Aunque sospechaba que tampoco era champán (o cava si me pongo pureta)
sino alguna bebida dorada y con burbujitas. Eso sí, aunque bastante aturdido
por el alcohol, Ernesto todavía saboreaba su momento de gloria de aquella
noche, ese momento en que fue el único protagonista del local, que hizo
estallar en carcajadas a toda la parroquia, incluyendo a los trabajadores del
antro. Cerca de la media noche, embutidos en sus monos azules entraron cuatro
sub saharianos con la intención de tomarse un café. Coincidió con que el
portero de la entrada se había acercado a los servicios, y siendo un Domingo
por la noche, tampoco había mucho ajetreo, por lo que nadie acudió a sustituirle
y evitar el equívoco a aquellos hombres. Al entrar los cuatro y ver el percal
del lugar donde se habían metido, se quedaron cohibidos y parados en el medio,
lo que aprovechó Ernesto, ya bastante cocido para, agarrado del talle de sus
dos fulanas, un poco por chulería, un mucho para evitar caerse, comenzó a
soltar una perorata que de haberla oído el diseñador de las huchas del Domund,
nunca se le habría ocurrido diseñarlas y mucho menos dejar que las fabricaran.
Dos de los individuos le miraban con cara de no entender nada, pero el tercero,
el más alto y fuerte de ellos debía de estar entendiendo todo por el fuego que
salía de sus ojos. Ernesto se dio cuenta, pero no le importó ya que sentía a
sus espaldas la protección de los gorilas del negocio. El hombre alto
comprendió, e indicó a sus compañeros con un gesto que debían salir. Incluso al
cuarto, que no le hizo caso, mirando como estaba boquiabierto a una de las pros
del local, tuvo que cogerle del hombro y sacarle casi a rastras. Cuando
cerraron la puerta el local estalló en carcajadas y aplausos que fueron
contestados con patosas reverencias de Ernesto. Tras apurar el último trago de
su cubata y para no soportar las miradas del camareta “si no consumes
¡lárgate!”, se bajó a duras penas de su taburete y se encaminó hacia la puerta.
Hacía
un largo rato que ya era Lunes, y a diferencia del fin de semana la calle presentaba
el aspecto solitario de los días laborales, así que no hubo testigos de la
larga meada que soltó en una de las esquinas. Arrastrando los pies como iba,
comprendió que no llegaría muy lejos, así que se sentó en un banco para ver las
fotos que se había sacado con sus acompañantes y si con la función aumento
podía investigar en los generosos escotes que llevaban. Poco pudo ver “¡Mierda,
se acabó la pila del putofón!” así que decidió seguir su camino, volviendo sus
pasos por donde había venido. Al fondo, en la avenida de los chopos, la
carretera estaba cortada, y el centro de la calzada estaba ocupado por una gran
grúa. Ernesto, con el cesto que llevaba, ni se dio cuenta de aquello, ni
tampoco reparó en algunos de los trabajadores que por allí estaban esperando a
que alguien diera la orden de comenzar con la faena. Cogió el cruce para ir a
txakursolo y subirse en la cabina del ascensor. Si fuera habitual de la zona,
no lo habría intentado ya que el ascensor está parado de doce a siete de la
mañana. Pero las puertas se abrieron y el hombre entró dentro. Apretó el botón
para subir y el ascensor comenzó a andar. Diez metros después, se apagó la luz
de la cabina y el ascensor se paró con un brusco frenazo. Ernesto, tras la
sorpresa inicial y tres deshilvanados juramentos intentó comunicarse por el
comunicador de la cabina, que no dio señal alguna al estar cortada la
corriente. Vio en una de las esquinas un papel que daba un número de emergencia
en caso de avería, pero la pila se había muerto en Leioa, y tampoco tuvo
opción. Sabía que desde fuera no era visible, y menos de noche y se ciscó en la
insonorización de la cabina. Pero ese día, y los quince siguientes no trabajaba
(la única verdad que soltó a su ex), así que se quitó el chambergo que llevaba,
lo enrolló a modo de almohada y al no ver por la oscuridad la suciedad del
suelo, se tumbó en la cabina, con la intención de pegarse una cabezada hasta
que le vinieran a buscar. Con el abotargamiento causado por su masiva ingesta
de alcohol, no tardó mucho en quedarse dormido.
No
pudo precisar cuanto tiempo después, pero lo cierto es que empezó a sentir que
la cabina le daba vueltas, el efecto conocido como “el barco” que todos los
borrachos han sentido alguna vez. Aquello quizás era demasiado real y tras
acordarse donde se había quedado dormido intentó levantarse, pero la sensación
fue que la cabina se balanceaba más. Se agarró a uno de los reposabrazos del
cubículo y a duras penas logró levantarse. Cuando se vio suspendido entre las
paredes de ladrillo de los edificios que bordean la avenida de los chopos, no
lo pudo evitar, una arcada poderosa hizo que comenzara a vaciar su
estómago. Agarrado fuertemente al pasamanos, acabó por vaciarlo completamente,
quedando el fétido vómito esparcido por todo el suelo del ascensor. Sintió que
por fin, la cabina del ascensor era posado en un lugar firme, y se atrevió a levantar la
cabeza. Comprendió que se encontraba en la parte trasera de un camión cuando
sintió que por los lados comenzaban a manipular la caja. Eran dos de los tipos
de los que se había burlado en el putetxe, que estaban asegurando la carga para
que no se moviera. Ernesto comprendió que con los cristales tintados no le
viesen, pero del descojono que se estaban trayendo los dos, cayó en la cuenta
que sabían que estaba allí. Comenzó a golpear con los puños las ventanas para
intentar hacer ruido y atraer la atención del resto del personal que andaba
trajinando por allí. En un segundo entendió que lo que estaban haciendo era un
cambio de la caja (ahí la razón del artículo de hacia una semana, iban a
cambiar el mecanismo de movimiento por uno más silencioso), para lo que habían
utilizado una grúa de larga pluma, que estaba allí majestuosamente parada en
mitad de la calle, rodeada de operarios entre potentes focos para iluminar la zona de trabajo, pero que ninguno parecía darse cuenta
del escándalo que estaba montando Ernesto en el interior de la caja. Escándalo
que acabó cuando uno de los hombres que había asegurado la caja cogió una maza
del suelo del camión y le pegó tal golpe a una de las esquinas metálicas de la
caja, que Ernesto dejó de protestar y corrió a acurrucarse en cuclillas a una
de las esquinas de la caja, la zona con más panel metálico, sin importarle que
el suelo fuera un charco de cubata mezclado con jugos gástricos. Pudo ver como
una de las oscuras caras se acercó hasta la ventana, y descubrió una blanca
dentadura en lo que parecía, y era, una siniestra sonrisa. El hombre bajo de la
parte trasera del camión de un salto, se fue a la cabina donde le esperaba otro
de sus compinches y poniendo el vehículo en marcha, se alejaron del lugar.
Poco
a poco, el color volvió al cuerpo de Ernesto y armándose de valor se atrevió a
asomarse con el fin de intentar averiguar por donde iban. Cuando levantó la
cabeza, acababan justo de pasar lo que se llegó a llamar hace tiempo como el
escalextric de lejona, y se dirigían por un lateral a tomar el corredor del
Txori Erri. Se volvió a poner en cuclillas, el movimiento del vehículo había
acabado por empapar todo el suelo del cubículo de los restos del vómito, para
evitar mojarse el culo. Todavía estaba perplejo, no sabía que podían querer
hacerle aquellos. Además, contaba con un inconveniente, en los próximos quince
días nadie esperaba nada de él, es decir, no le iba a echar nadie de menos. En
mala hora se acordó de aquello. También comenzaron a agolparse en su cabeza
escenas de aquel cortometraje en la que López Vázquez quedaba atrapado en una
cabina. Cuando recordó el final, se empezó a poner malo, entrándole otra vez
ganas de vomitar, pero salvo cuatro dolorosas arcadas por tener el estómago
vacío, no amplió el contenido del suelo. Empezaba a sentir flojas las piernas,
pero haciendo un esfuerzo se asomó de nuevo. La autovía seguía solitaria. Ni un
solo coche se adivinaba en la lejanía. Ya estaban a la altura de Larrabetzu.
Con una entereza que ni él mismo pensaba que tenía se quedó de nuevo en
cuclillas, esperando lo que tuviera que pasar.
Al
de unos pocos minutos, notó como la velocidad iba bajando y también notó como
tomaban una especie de rotonda, estaban en Erletxes y habían cogido la
carretera general hacia Amorebieta. Al de un rato, giraron a la derecha y el
camión empezó a ir a muy poca velocidad y por el movimiento, a circular fuera
de carretera por un terreno irregular. Ernesto, alarmado se levantó y vio como
se alejaban de una verja de metal, que otro individuo estaba cerrando. Arriba, unas
letras grandes parecían decir “Hierros nosequé”, como indicación del posible
negocio que allí funcionaba. El camión paró y el pollo que había cerrado la
puerta se montó en una carretilla industrial, acercándose a la parte trasera
del camión. Mientras tanto, los dos tíos que venían en el camión ya estaban
trasteando en la parte trasera para soltar la mercancía. La carretilla se
acercó a la parte trasera del camión y levantó sus uñas, en lo que Ernesto
entendió algo amenazador, tirándose de un salto al suelo. Los del camión
debieron de percatarse del salto de Ernesto ya que estallaron en sonoras y
graves carcajadas. La carretilla lo que hizo fue introducir las uñas en la
parte baja de la caja del ascensor y la sacó de la parte trasera, llevándola
suspendida en el aire hacia un destino desconocido.
Ernesto
volvió a incorporarse e intentó fijarse en el conductor de la carretilla, pero
sólo podía ver una sonrisa muy, muy, muy blanca. Cuando un reflejo blanco hizo
palidecer la esquina de la caja, Ernesto desvió su atención hacia la dirección
en la que le estaban llevando. El pálido reflejo de la luz combinó
perfectamente con la lividez de su rostro al adivinar a donde era conducido, a
una máquina empacadora de metal. Esa máquina, que normalmente estaba encajada
en el remolque de un camión, para cuando hubiera que achatarrar fuera del
almacén de hierros. Allí, con una grúa que estaba en uno de los extremos se iba
metiendo la chatarra en una especie de cajón. Cuando el cajón estaba lleno, se
ponían en funcionamiento los mecanismos, unas prensas, que acaban convirtiendo
el amasijo de metal en una especie de cubo o ladrillo de un metro de largo,
para su mejor carga y venta. Para hacerse una idea de las dimensiones, en el
cajón entraba muy sobradamente la caja del ascensor. La carretilla se posó en
el suelo, y el operario que estaba en la grúa de la empacadora agarró por la
parte de arriba la caja, y la elevó de nuevo, girándola y dirigiéndola hasta el
cajón de la empacadora. Ernesto no se dio cuenta de su situación hasta que vio
la sonrisa del operario de la grúa, era el hombre al que los ojos se le habían
inyectado de fuego al oír su discurso de hace un par de horas. Entonces empezó a sentir miedo, miedo que
aumentó cuando la cabina fue posada en el cajón de la empacadora, que pasó a
puro terror cuando con un movimiento con la grúa, estallaron los cristales
mientras la cabina caía en el interior del cajón, quedando tumbada en el
interior del cajón. Ernesto vio la estrellas en un cielo limpio y comprendió
que sería lo último que vería, cuando las prensas comenzaron a funcionar y
cubrieron completamente
la cabina dejando negra como la noche su interior.
Ernesto
había pensado en alguna ocasión sobre como sería su muerte, y de que manera se
enfrentaría a ella. Pero nunca pensó que el miedo tenía su olor, un olor fétido
que emanaba de sus pantalones, ya que cuando se cubrió la empacadora,
comprendió que iba a morir, y se le aflojó todo lo aflojable. Las prensas
comenzaban a chirriar, hasta que todas toparon con las distintas esquinas de la
cabina. Ernesto cerró los ojos, esperando aquel terrible fin, con la única
esperanza que no fuera doloroso. Antes, rezó rápidamente prometiendo que si al
final salía de esa, nunca más consideraría a ninguna otra persona como
inferior. Intuyó que ahora vería desfilar toda su vida por sus ojos, pero de
repente todos los chirridos de las prensas cesaron, e incluso la parte que
cubría su visión, se acabó retirando, volviendo a ver de nuevo las estrellas.
Tras unos instantes de aturdimiento, Ernesto comprendió que la broma había ido
hasta allí. Aliviado, se incorporó en la cabina, y por la zona de los cristales
rotos intentó salir. Con el cuerpo fuera de la cabina e incorporado en el
remolque, miró a su alrededor. A lo lejos, iluminada por una descacharrada
farola, se encontraba la verja por la que habían entrado. En ese momento notó
como algo caliente, de textura similar al barro, le iba bajando por la
entrepierna y los vapores de su fragancia le llegaban a la nariz. Perjuró de su
promesa de no volver a despreciar a nadie más, y sin pensar en como podía volver
a casa, sin dinero, cagado, meado y con rastros de vómito en su ropa, salto del
remolque y se empezó a dirigir hacia la puerta. El “soltar a los perros” sonó
como un disparo en la noche. Un segundo de vacilación y Ernesto comenzó a
correr como un poseso hasta que pudo saltar la valla. Un zapato lo perdió
corriendo y el otro se lo quedo uno de los chuchos, el más rápido, que llegó a
morderle el pie, pero que pudo soltarse dejando al can el calzado como trofeo.
Pegó una patada con rabia a la puerta, apuntando a la cabeza del perro, aunque
el único logro fue hacerse daño en el pie. Cojeando, se fue alejando por la
cuneta de la carretera de entrada al almacén, cuando unos potentes focos lo
deslumbraron. Le pareció también que tenían unas luces destellantes azules en
el techo, y cuando una voz le dio el alto bajo amenaza de disparó, comprendió
que se trataba de la policía. Siguió sus instrucciones y se puso de rodillas
con las manos en la nuca. Se fueron acercando a él, dando voces sobre sus
intenciones de haber intentado entrar a robar. En los quince segundos que
tardaron los agentes en llegar a Ernesto y esposarle entre comentarios de que
iba a limpiar con la lengua la mierda que dejara en los asientos, Ernesto ya
había decidido que lo mejor era confesar que había entrado allí a robar, ya que
quien coño le iba a creer su historia.
*El King se refiere, como no, al Estifen. Es el primer título de la trilogía, "TERROR EN AIBOA". "ELFUNI DE AIBOA"
Buena pieza!!
ResponderEliminar¡Tú si que estás hecho un pieza, Rasputón!
EliminarComo ves, ya me dejo de diminutivos y te aplico un aumentativo, como tu gusto literario, que no nos engañemos, va creciendo. Esta semana sale el dos de la trilogía "LA CASETA DE BOMBAS DE BOLUE"
Bolue, famoso humedal ubicado en el moderno barrio getxotarra de Aiboa, reserva natural de batracios (no es broma. Lo que pasa es que el humedal ha sido colonizado por la tortuga americana, y creo que éstas se han jamado todos los zampaburus) que hizo desviar la circunvalación para no pasar por encima. Por ello está la curva esa tan mala para ir a Plencia después del cruce de Artea