viernes, 14 de septiembre de 2012

LEIOAKO ERKULES (BAT)


LEIOAKO ERKULES

Chapter ONE

Me miré en el espejo y ajusté un poco más el nudo de la corbata. Tras comprobar que la camisa estaba impoluta volví de nuevo a contemplar mi rostro en el espejo. He de reconocer que una ducha post siestera y un poco de disciplinante de cabello habían hecho milagros y mi aspecto era bastante más que presentable. Hoy, recogía los frutos de mi primer caso, e iba a entrevistarme para intentar que me contrataran para mi segundo encargo. Habíamos quedado en la calle de Las Mercedes en Las Arenas, en un bar llamado el Comercio, que servía desayunos desde primera hora, hasta las copas de la tarde. No me había hecho falta, como la primera vez, el tener que anotar la dirección del lugar de la cita, ya que, he de ser sincero, es un sitio que en su momento frecuenté bastante. 

No voy a fanfarronear sobre mi experiencia en estas lides, pero he de decir que corrigiendo fallos anteriores (bueno, anterior), pregunté de que se trataba, y adivínalo, inteligente lector, se trataba de resolver la desaparición de un perro. Me llamó algo la atención que mi posible futuro cliente prefiriera recibirme en un bar que en su casa y algo me dijo que quizás no había contado todo a su familia. Me vino recomendado por el veterinario de mi primer caso, al que dejé un buen número de tarjetas, hará cosa de una semana, cuando se me pasó la resaca tras la cena que me sacaron mis nuevos amigos defensores de la ley. Sí, y continuando con la inercia, en avezada labor de marketing digna de manual de jarvard, me pasé por todas las clínicas veterinarias de Getxo, Berango y Leioa aprovechando el subidón tras la resolución del apiole de Trusky, repartiendo tarjetas y explicando servicios (al que me quiso escuchar) con desigual suerte.

Podía haber ido andando desde casa, pero para no sudar, decidí ir en metro. Cualquiera que domine la zona de Aiboa, sabe que a su estación, con un desnivel curioso, le han puesto una especie de ascensorcito para evitar el subir las escaleras, y sobre todo, llegar al suburbano sudando. Pero como el artilugio es alemán, y no parece acostumbrado a las temperaturas de la zona, siempre que hace calor se avería, como hoy, que yo no quería sudar. Así que me metí en el vagón sudoroso, donde el aire acondicionado estaba a tope, sufriendo psicológicamente la posibilidad de pillar un resfri de verano (los peores, según la princebruja), y llegando a mi destino con pequeñas zonas libres de sudor en mi camisa.

Al  entrar en el Comercio, eché un vistazo a la gente que se encontraba en su interior, pero no había nadie con pinta de estar esperando a un tipo como yo. Como siempre que he hecho cuando he quedado en lugares públicos, he dado una descripción muy ajustada de mí (Soy alto, fuerte y guapo, aunque los cabrones de mis enemigos dicen que estoy gordo) y con mi raspado metro noventa y siete y medio (la ventaja de no encoger con la edad), es complicado que no me reconozcan. El primer problema que me asaltó es ¿qué pido? Recordaba en uno de mis primeros trabajos, que fue en una multinacional, en el libro de estilo recomendaban cuando se quedaba con clientes pedir bebidas sin alcohol, como un San Francisco. Claro que estarían pensando en Londres, no en el Comercio, donde el ridículo lo haría si pedía eso. Así que me decanté por un botellín de agua con gas en vaso ancho de sidra, con hielo y una rodaja de limón, que servido con gracia, parecía un Gin Tonic y no iba a llamar mucho la atención.

Al poco tiempo, y cuando sólo llevaba un par de sorbos, apareció Gervasio, mi futuro cliente. Era de estatura baja, metro ochenta más o menos, cabeza despejada (calvo) y con un moreno que denotaba su posible condición de jubilado anticipado de banca. Llevaba pantalones vaqueros de marca y una camisa de rayas azules y blancas, con el cuello blanco y unos mocasines claritos. Iba nervioso pero me reconoció en seguida, como cabía esperar. Éste, que no debía de haber leído muchos libros de marketing, lo que hizo fue pedirse un pelotazo. Nada más servirle, se pego un buche como si no hubiera bebido nada en cinco días, se paso la mano por la frente, como secándose un sudor imaginario que no tenía, y cogiendo el vaso con las dos manos, y mirando hacia el suelo comenzó a relatarme su historia. Cómo ni se había presentado estuve tentado de pegarle un corte al estilo de “Perdona, pero ¿qué me estás contando?”, pero la falta de panoja y las pocas ganas que tenía de acudir al princebanco actuaron como inhibidor de chorradas y me apresté a escucharle atentamente.

Comenzó a relatarme la historia de su perro Canelo mientras con mano temblorosa me tendió la foto de un perillo, que aunque sigo sin tener mucha idea, era un multirraza, pero no debido a ningún avance en la experimentación genética, sino más bien a que su madre, su abuela y su tatarabuela se dejaron montar por todo aquello de cuatro patas que pasó cerca de su culo. Mientras arqueaba las cejas intentando denotar algún interés en lo que me comentaba (no sé para qué, ya que seguía mirando al suelo) intercalando algún “¡ajá! “ por aquí, un que otro “¡um!” con cara de interesado por allá, y las dos veces que levantó la vista, asintiendo con la cabeza, logré comprender que paseaba habitualmente a su perro por Las Arenas, al final de la calle mayor, en un parquecillo que hay junto al Gobela. Era un perro obediente, pero cuando le soltaba para que trotara por el parquecillo, se despistaba unos minutillos, pero luego volvía alegre hasta donde le estaba esperando. Era adorado por toda su familia, de tal forma que no se había atrevido a decir en casa que se había perdido, y se había inventado la excusa, que lo había mandado al pueblo con un amigo, algo que solía hacer de vez en cuando para que el perrillo cambiase de aires. Me miró suplicante a los ojos, y me rogó encarecidamente que aceptara el caso, que sabía que me dedicaba a ello y con notable éxito según le había aseverado su veterinario habitual. Al final el marketing de jarvard me iba a servir para algo.

Con un tío así de desesperado no iba a ser muy complicado el negociar unos buenos honorarios, pero antes debía de hacerme el profesional y comencé a interrogarle sobre que pasó para perder a su perro.

- Estaba en el parque que hay junto a la plaza, y como otras veces, solté a mi perro. Al de unos pocos segundos, comenzó a sonar el móvil, tengo un nosequefón – lo sacó de su bolsillo y me lo enseñó, pero la verdad es que me quedé igual, a mi todos me suenan a putofón – y lo cogí. Estoy con mis amigos metidos en el guasap (¿…?) y estaban proponiendo un plan muy interesante. Con la emoción, dejé la correa del perro en un banco y me metí de lleno en la conversación (¡Joder, un viejo de sesenta años haciendo el gilipollas tecleando algo que es imposible de ver, como si tuviera dieciséis!). Estaba muy interesante, ya que habíamos organizado una paella para el concurso de Aixerrota, pero estábamos intentando que el cocinero habitual, que hace un engrudo de arroz, no apareciera hasta la hora de comer. Incluso estábamos creando un grupo alternativo en el guasap para que el cocinero, no pudiera leer los comentarios. La verdad es que tenemos un par de amigos muy graciosos y la conversación estaba resultando tan descacharrante, que sin darme cuenta, cuando al de un rato terminó, yo ya había llegado sólo a casa. Saqué una cerveza fría de la nevera, me senté en la cocina a tomarla, un cuando miré al canastillo donde se suele acostar Canelo, y al no verle, hice como el de los Donuts, ¡andá, el perro!.

Me miró, creo que esperando que su chiste me hiciera mostrarle alguna simpatía, pero si algo he aprendido en el negocio, es que mostrar simpatía por la víctima, no hace sino que te regateen más los cuartos. Además este era otro tipo al que el putofón con el guasap le había reblandecido el cerebro, tribu urbana cada vez más abundante y descerebrada.

Puedo entender que cuelgatú cuando está con amapolo sentados en el parque de al lado de casa, en vez de hablar, estén tecleándose mensajitos, que es mejor situación que el que se miren tiernamente a los ojos y se susurren palabras tiernas, ya que indefectiblemente llevan a ….., prefiero no pensarlo, es mi hija mayor y aunque tenga 19 años, no me hace ninguna gracia. Que yo lo intentara con su madre a esa edad es otra historia, ya que eran otros tiempos. También entiendo que la princepeque quiera uno (todavía le faltan años), y a la princejefa le comunica al instante con su equipo de trabajo, pero cada vez me es más difícil de admitirlo para cuadrillas de viejos sesentones, que estén en un bar pasándose mensajitos en vez de hablar, y sacando el teléfono cada vez que suena el pitidín, que sólo suele ser para avisar que el rezagado está llegando o para pasar la foto de la última tía buena que ha pasado por ahí cerca.

Tras escuchar con cero interés, pero con cara de atención profesional personalizada,  sus denodados e inútiles esfuerzos para encontrar al perro, adornado con todos los “canelillo ven” (en realidad el canelo era él) pase a lo que realmente me interesaba, procurando mostrar la menor compasión posible cuando le indiqué la tarifa habitual de cuatrocientos euros por aceptar el caso y comenzar los trabajos, y una prima de seiscientos si encontrábamos el perro, ya que como le indiqué literalmente “no siempre es posible hacerlo”.

Ni me discutió, sacó ocho billetes de cincuenta lagartos que puso en mis manos, me dejó también la foto del perro, y tras preguntarle acerca de las rutinas que seguía con su perro, contestarme con demasiada amplitud de datos, se tragó lo que quedaba en su vaso, me dio una tarjeta suya y tras rogarme por favor, que no le llamara a casa, sino al móvil, y que en cualquier caso no me identificara como detective privado, se levantó de la silla y se fue, pero sin pagar, dejándome a mí la cuenta. Por lo que me cobraron intuí que él precisamente no había tomado alcohol de quemar, pero con el bolsillo caliente, tampoco me importó mucho, aunque me estaba dejando ya señales de la catadura moral del pollo.

Feliz salí y decidí preparar una buena cena para las princelocas, que hoy llegarían agotadas tras sesiones de pilates, body ostias y entrenamientos de baloncesto. Entré en un super, pillé una cola de salmón preciosa y me acerqué hasta Zuricalday donde acopié una interesante provisión de bollos de mantequilla, ya que había que celebrar en casa la entrada de un nuevo caso, y no había mejor manera que convocar una ficticia “reunión de investigación”, a lo Kurt. Como todavía había tiempo y varilla de sobra en los bolsillos, me pasé por el Zokotxo a tomar una abundante y sabrosa ración de champis, departiendo con el dueño sobre los avatares del fútbol juvenil de Getxo, regado con abundante Rioja. Así, que ya entradita la tarde, pelo bolinga y con trescientos euros en el bolsillo entré en casa, dispuesto a hornear el salmón.

El salmón al horno, no tiene realmente ningún misterio, siendo uno de los platos más fáciles de preparar. Sin más, ya con el horno precalentado a unos 190º se pone abierto en la bandeja (es conveniente poner papel de horno debajo, ya que si tienes la suerte de que sólo cocinas y no friegas como yo, facilitas mucho la labor), y suele tardar entre 20 y 30 minutos en hacerse en su propia grasa. No hace falta añadir nada. Si quieres acompañar, puedes hacer una guarnición de patatas cocidas, pero hoy, y con la excelente provisión de bollos acopiada, no lo vi como necesario.

Ya sentadas en la mesa, con hambre canina, como si fueran hermanas de Canelo mis tres priceglotonas dieron buena cuenta del salmón y de los bollos, y aproveché para soltarles un espich sobre mi nuevo caso y pedirles que me dieran ideas para poder empezar a investigar. Yo tenía claro que el primer paso iba a ser recorrer las clínicas veterinarias de Getxo y Leioa, al menos las más cercanas a la zona de desaparición, y luego darme una vuelta por las perreras, pero después, no tenía muy claro que seguir haciendo. La princepeque, que creo que es la única que me hace algo de caso, me indicó que ella podía hacer unos carteles con la foto del perro y con un número de contacto. Le expliqué que el cliente (paganini a partir de ahora) no quería que su familia se enterara de la pérdida, por lo que podría no ser buena idea lo de los carteles. Insistió, con lógica aplastante, ya que se le podía preguntar al pajinini que zonas no frecuentaba su familia y pegar allí los carteles, trabajo que tendría su adecuada comisión (¡Maldita la hora en que la princejefa le explicó como pagaban a los vendedores!). No le di más vueltas, ya que en lo primero, en cualquier caso, iba a ser el voltio obligado por veterinarias y perreras.

Me estaba empezando a cambiar el humor al derivar la conversación en la clase de golf del fin de semana, y la ilusión que tenían las tres princewoods en salir al campo “Ha dicho el profe que otras tres clases más y nos saca al campo”, “pero sólo podemos salir cuatro” dijo la mediana mirando a su madre. Eso sólo significaba que el excluido iba a ser yo, ya que amapolo iba fijo en el grupo tras ver de reojo la miradas cómplices que intercambiaron madre e hija. Puse mirada triste de perro pachón para intentar que la princepeque apoyara mi causa, pero la carota de ella miraba al techo para disimular, sólo le falta silbar.

En estás sonó el teléfono. Se levantó cuelgatú, pensando que sería para ella, ya que cuando a amapolo se le acaba la batería o el saldo, llamaba por el tradicional. Vino al de un momento y me dijo, “Es para ti. Te llama Ramiro” susurrándome cuando pasé a su lado “cuelga rápido”. No pude evitarlo, me paré en seco en el pasillo y me di la vuelta con mi mejor mirada de furioso asesino (de zoquete presuntuoso según la princejefa), pero seguían a lo suyo, sobre que gorra llevar cuando salieran al campo, así que me fui al salón y cogí el teléfono

-  ¿Si?
-  ¿Peru? Hola soy Ramiro, el secretario del Juez Caraqueño, no sé si me recuerdas
-  Hombre, Ramiro, claro que me acuerdo
-  Mira, me ha pedido el Juez que vengas mañana hacia las diez.
-  ¿Para?
-  Pues me ha dicho que aparezcas con dos botellas de White Label, así que supongo que será para encargarte algo.
-  ¡Venga! Pues aparezco mañana. Un saludo
-  Buenas noches

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