LEIOAKO
ERKULES
Chapter
ONE
Me miré en el espejo y ajusté un poco más el
nudo de la corbata. Tras comprobar que la camisa estaba impoluta volví de nuevo
a contemplar mi rostro en el espejo. He de reconocer que una ducha post
siestera y un poco de disciplinante de cabello habían hecho milagros y mi
aspecto era bastante más que presentable. Hoy, recogía los frutos de mi primer
caso, e iba a entrevistarme para intentar que me contrataran para mi segundo
encargo. Habíamos quedado en la calle de Las Mercedes en Las Arenas, en un bar
llamado el Comercio, que servía desayunos desde primera hora, hasta las copas
de la tarde. No me había hecho falta, como la primera vez, el tener que anotar
la dirección del lugar de la cita, ya que, he de ser sincero, es un sitio que
en su momento frecuenté bastante.
No voy a fanfarronear sobre mi experiencia en
estas lides, pero he de decir que corrigiendo fallos anteriores (bueno,
anterior), pregunté de que se trataba, y adivínalo, inteligente lector, se
trataba de resolver la desaparición de un perro. Me llamó algo la atención que
mi posible futuro cliente prefiriera recibirme en un bar que en su casa y algo
me dijo que quizás no había contado todo a su familia. Me vino recomendado por
el veterinario de mi primer caso, al que dejé un buen número de tarjetas, hará
cosa de una semana, cuando se me pasó la resaca tras la cena que me sacaron mis
nuevos amigos defensores de la ley. Sí, y continuando con la inercia, en
avezada labor de marketing digna de manual de jarvard, me pasé por todas las
clínicas veterinarias de Getxo, Berango y Leioa aprovechando el subidón tras la
resolución del apiole de Trusky, repartiendo tarjetas y explicando servicios
(al que me quiso escuchar) con desigual suerte.
Podía haber ido andando desde casa, pero para
no sudar, decidí ir en metro. Cualquiera que domine la zona de Aiboa, sabe que
a su estación, con un desnivel curioso, le han puesto una especie de
ascensorcito para evitar el subir las escaleras, y sobre todo, llegar al
suburbano sudando. Pero como el artilugio es alemán, y no parece acostumbrado a
las temperaturas de la zona, siempre que hace calor se avería, como hoy, que yo
no quería sudar. Así que me metí en el vagón sudoroso, donde el aire
acondicionado estaba a tope, sufriendo psicológicamente la posibilidad de
pillar un resfri de verano (los peores, según la princebruja), y llegando a mi
destino con pequeñas zonas libres de sudor en mi camisa.
Al
entrar en el Comercio, eché un vistazo a la gente que se encontraba en
su interior, pero no había nadie con pinta de estar esperando a un tipo como
yo. Como siempre que he hecho cuando he quedado en lugares públicos, he dado
una descripción muy ajustada de mí (Soy alto, fuerte y guapo, aunque los
cabrones de mis enemigos dicen que estoy gordo) y con mi raspado metro noventa
y siete y medio (la ventaja de no encoger con la edad), es complicado que no me
reconozcan. El primer problema que me asaltó es ¿qué pido? Recordaba en uno de
mis primeros trabajos, que fue en una multinacional, en el libro de estilo
recomendaban cuando se quedaba con clientes pedir bebidas sin alcohol, como un
San Francisco. Claro que estarían pensando en Londres, no en el Comercio, donde
el ridículo lo haría si pedía eso. Así que me decanté por un botellín de agua
con gas en vaso ancho de sidra, con hielo y una rodaja de limón, que servido con
gracia, parecía un Gin Tonic y no iba a llamar mucho la atención.
Al poco tiempo, y cuando sólo llevaba un par
de sorbos, apareció Gervasio, mi futuro cliente. Era de estatura baja, metro
ochenta más o menos, cabeza despejada (calvo) y con un moreno que denotaba su
posible condición de jubilado anticipado de banca. Llevaba pantalones vaqueros
de marca y una camisa de rayas azules y blancas, con el cuello blanco y unos
mocasines claritos. Iba nervioso pero me reconoció en seguida, como cabía
esperar. Éste, que no debía de haber leído muchos libros de marketing, lo que
hizo fue pedirse un pelotazo. Nada más servirle, se pego un buche como si no
hubiera bebido nada en cinco días, se paso la mano por la frente, como
secándose un sudor imaginario que no tenía, y cogiendo el vaso con las dos
manos, y mirando hacia el suelo comenzó a relatarme su historia. Cómo ni se
había presentado estuve tentado de pegarle un corte al estilo de “Perdona, pero
¿qué me estás contando?”, pero la falta de panoja y las pocas ganas que tenía
de acudir al princebanco actuaron como inhibidor de chorradas y me apresté a
escucharle atentamente.
Comenzó a relatarme la historia de su perro
Canelo mientras con mano temblorosa me tendió la foto de un perillo, que aunque
sigo sin tener mucha idea, era un multirraza, pero no debido a ningún avance en
la experimentación genética, sino más bien a que su madre, su abuela y su
tatarabuela se dejaron montar por todo aquello de cuatro patas que pasó cerca
de su culo. Mientras arqueaba las cejas intentando denotar algún interés en lo
que me comentaba (no sé para qué, ya que seguía mirando al suelo) intercalando
algún “¡ajá! “ por aquí, un que otro “¡um!” con cara de interesado por allá, y
las dos veces que levantó la vista, asintiendo con la cabeza, logré comprender
que paseaba habitualmente a su perro por Las Arenas, al final de la calle
mayor, en un parquecillo que hay junto al Gobela. Era un perro obediente, pero
cuando le soltaba para que trotara por el parquecillo, se despistaba unos
minutillos, pero luego volvía alegre hasta donde le estaba esperando. Era
adorado por toda su familia, de tal forma que no se había atrevido a decir en
casa que se había perdido, y se había inventado la excusa, que lo había mandado
al pueblo con un amigo, algo que solía hacer de vez en cuando para que el
perrillo cambiase de aires. Me miró suplicante a los ojos, y me rogó
encarecidamente que aceptara el caso, que sabía que me dedicaba a ello y con
notable éxito según le había aseverado su veterinario habitual. Al final el
marketing de jarvard me iba a servir para algo.
Con un tío así de desesperado no iba a ser
muy complicado el negociar unos buenos honorarios, pero antes debía de hacerme
el profesional y comencé a interrogarle sobre que pasó para perder a su perro.
- Estaba en el parque que hay junto a la
plaza, y como otras veces, solté a mi perro. Al de unos pocos segundos, comenzó
a sonar el móvil, tengo un nosequefón – lo sacó de su bolsillo y me lo enseñó,
pero la verdad es que me quedé igual, a mi todos me suenan a putofón – y lo
cogí. Estoy con mis amigos metidos en el guasap (¿…?) y estaban proponiendo un
plan muy interesante. Con la emoción, dejé la correa del perro en un banco y me
metí de lleno en la conversación (¡Joder, un viejo de sesenta años haciendo el
gilipollas tecleando algo que es imposible de ver, como si tuviera dieciséis!).
Estaba muy interesante, ya que habíamos organizado una paella para el concurso
de Aixerrota, pero estábamos intentando que el cocinero habitual, que hace un
engrudo de arroz, no apareciera hasta la hora de comer. Incluso estábamos
creando un grupo alternativo en el guasap para que el cocinero, no pudiera leer
los comentarios. La verdad es que tenemos un par de amigos muy graciosos y la
conversación estaba resultando tan descacharrante, que sin darme cuenta, cuando
al de un rato terminó, yo ya había llegado sólo a casa. Saqué una cerveza fría
de la nevera, me senté en la cocina a tomarla, un cuando miré al canastillo donde
se suele acostar Canelo, y al no verle, hice como el de los Donuts, ¡andá, el
perro!.
Me miró, creo que esperando que su chiste me
hiciera mostrarle alguna simpatía, pero si algo he aprendido en el negocio, es
que mostrar simpatía por la víctima, no hace sino que te regateen más los
cuartos. Además este era otro tipo al que el putofón con el guasap le había
reblandecido el cerebro, tribu urbana cada vez más abundante y descerebrada.
Puedo entender que cuelgatú cuando está con
amapolo sentados en el parque de al lado de casa, en vez de hablar, estén tecleándose
mensajitos, que es mejor situación que el que se miren tiernamente a los ojos y
se susurren palabras tiernas, ya que indefectiblemente llevan a ….., prefiero
no pensarlo, es mi hija mayor y aunque tenga 19 años, no me hace ninguna
gracia. Que yo lo intentara con su madre a esa edad es otra historia, ya que
eran otros tiempos. También entiendo que la princepeque quiera uno (todavía le
faltan años), y a la princejefa le comunica al instante con su equipo de
trabajo, pero cada vez me es más difícil de admitirlo para cuadrillas de viejos
sesentones, que estén en un bar pasándose mensajitos en vez de hablar, y
sacando el teléfono cada vez que suena el pitidín, que sólo suele ser para
avisar que el rezagado está llegando o para pasar la foto de la última tía
buena que ha pasado por ahí cerca.
Tras escuchar con cero interés, pero con cara
de atención profesional personalizada, sus denodados e inútiles esfuerzos para
encontrar al perro, adornado con todos los “canelillo ven” (en realidad el
canelo era él) pase a lo que realmente me interesaba, procurando mostrar la
menor compasión posible cuando le indiqué la tarifa habitual de cuatrocientos
euros por aceptar el caso y comenzar los trabajos, y una prima de seiscientos
si encontrábamos el perro, ya que como le indiqué literalmente “no siempre es
posible hacerlo”.
Ni me discutió, sacó ocho billetes de
cincuenta lagartos que puso en mis manos, me dejó también la foto del perro, y
tras preguntarle acerca de las rutinas que seguía con su perro, contestarme con
demasiada amplitud de datos, se tragó lo que quedaba en su vaso, me dio una
tarjeta suya y tras rogarme por favor, que no le llamara a casa, sino al móvil,
y que en cualquier caso no me identificara como detective privado, se levantó
de la silla y se fue, pero sin pagar, dejándome a mí la cuenta. Por lo que me
cobraron intuí que él precisamente no había tomado alcohol de quemar, pero con
el bolsillo caliente, tampoco me importó mucho, aunque me estaba dejando ya
señales de la catadura moral del pollo.
Feliz salí y decidí preparar una buena cena
para las princelocas, que hoy llegarían agotadas tras sesiones de pilates, body
ostias y entrenamientos de baloncesto. Entré en un super, pillé una cola de
salmón preciosa y me acerqué hasta Zuricalday donde acopié una interesante
provisión de bollos de mantequilla, ya que había que celebrar en casa la
entrada de un nuevo caso, y no había mejor manera que convocar una ficticia “reunión
de investigación”, a lo Kurt. Como todavía había tiempo y varilla de sobra en
los bolsillos, me pasé por el Zokotxo a tomar una abundante y sabrosa ración de
champis, departiendo con el dueño sobre los avatares del fútbol juvenil de
Getxo, regado con abundante Rioja. Así, que ya entradita la tarde, pelo bolinga
y con trescientos euros en el bolsillo entré en casa, dispuesto a hornear el
salmón.
El salmón al horno, no tiene realmente ningún
misterio, siendo uno de los platos más fáciles de preparar. Sin más, ya con el
horno precalentado a unos 190º se pone abierto en la bandeja (es conveniente
poner papel de horno debajo, ya que si tienes la suerte de que sólo cocinas y
no friegas como yo, facilitas mucho la labor), y suele tardar entre 20 y 30
minutos en hacerse en su propia grasa. No hace falta añadir nada. Si quieres
acompañar, puedes hacer una guarnición de patatas cocidas, pero hoy, y con la
excelente provisión de bollos acopiada, no lo vi como necesario.
Ya sentadas en la mesa, con hambre canina,
como si fueran hermanas de Canelo mis tres priceglotonas dieron buena cuenta
del salmón y de los bollos, y aproveché para soltarles un espich sobre mi nuevo
caso y pedirles que me dieran ideas para poder empezar a investigar. Yo tenía
claro que el primer paso iba a ser recorrer las clínicas veterinarias de Getxo
y Leioa, al menos las más cercanas a la zona de desaparición, y luego darme una
vuelta por las perreras, pero después, no tenía muy claro que seguir haciendo.
La princepeque, que creo que es la única que me hace algo de caso, me indicó
que ella podía hacer unos carteles con la foto del perro y con un número de
contacto. Le expliqué que el cliente (paganini a partir de ahora) no quería que
su familia se enterara de la pérdida, por lo que podría no ser buena idea lo de
los carteles. Insistió, con lógica aplastante, ya que se le podía preguntar al
pajinini que zonas no frecuentaba su familia y pegar allí los carteles, trabajo
que tendría su adecuada comisión (¡Maldita la hora en que la princejefa le
explicó como pagaban a los vendedores!). No le di más vueltas, ya que en lo primero,
en cualquier caso, iba a ser el voltio obligado por veterinarias y perreras.
Me estaba empezando a cambiar el humor al
derivar la conversación en la clase de golf del fin de semana, y la ilusión que
tenían las tres princewoods en salir al campo “Ha dicho el profe que otras tres
clases más y nos saca al campo”, “pero sólo podemos salir cuatro” dijo la
mediana mirando a su madre. Eso sólo significaba que el excluido iba a ser yo,
ya que amapolo iba fijo en el grupo tras ver de reojo la miradas cómplices que
intercambiaron madre e hija. Puse mirada triste de perro pachón para intentar
que la princepeque apoyara mi causa, pero la carota de ella miraba al techo
para disimular, sólo le falta silbar.
En estás sonó el teléfono. Se levantó cuelgatú,
pensando que sería para ella, ya que cuando a amapolo se le acaba la batería o
el saldo, llamaba por el tradicional. Vino al de un momento y me dijo, “Es para
ti. Te llama Ramiro” susurrándome cuando pasé a su lado “cuelga rápido”. No
pude evitarlo, me paré en seco en el pasillo y me di la vuelta con mi mejor
mirada de furioso asesino (de zoquete presuntuoso según la princejefa), pero
seguían a lo suyo, sobre que gorra llevar cuando salieran al campo, así que me
fui al salón y cogí el teléfono
- ¿Si?
- ¿Peru?
Hola soy Ramiro, el secretario del Juez Caraqueño, no sé si me recuerdas
- Hombre,
Ramiro, claro que me acuerdo
- Mira,
me ha pedido el Juez que vengas mañana hacia las diez.
- ¿Para?
- Pues
me ha dicho que aparezcas con dos botellas de White Label, así que supongo que
será para encargarte algo.
- ¡Venga!
Pues aparezco mañana. Un saludo
- Buenas
noches
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